CAPÍTULO II DE “EL AMANECER DEL GUERRERO”

CAPÍTULO II

-Erik, ¿te has vuelto loco? –dijo Árkhelan en un tono sereno pero firme-. ¿Cómo vas a criar unos lobos en la granja? Los lobos son animales salvajes, antes de que te des cuenta atacarán a nuestro ganado o al de nuestros vecinos, o mucho peor, a cualquier persona. Que una manada de lobos ataque a un rebaño de ovejas ya es malo, pero que seamos nosotros quienes criemos a nuestros enemigos es una locura.

-Papá, por favor, déjame cuidar de ellos. Los amaestraré, los educaré y les enseñaré a respetar a las personas y a los animales.

-No son perros aunque lo parezcan, Erik, son lobos; pertenecen al bosque, tienen instinto asesino y eso no se lo puedes cambiar por mucho que quieras.

-Son sólo unos cachorros separados de la manada. Estoy seguro de que pueden aprender a convivir con otros animales y a obedecer a su amo. Por favor… Confía en mí, déjame intentarlo –casi suplicó Erik.

Árkhelan miró a su hijo fijamente, no era un chico obstinado ni cabezota. Tenía personalidad y un carácter fuerte pero sabía obedecer y rectificar cuando era preciso. No se dejaba llevar por los caprichos, era muy cumplidor y responsable en las tareas de la granja…

-¿Y qué pasará si, a pesar de todos tus esfuerzos, no consigues adiestrarlos y ocurre algún incidente? -preguntó por fin.

-Entonces, yo mismo me encargaré de sacrificarlos –respondió Erik con decisión, consciente del compromiso que estaba adquiriendo.

-Muy bien, no sé si te das cuenta de lo difícil que va a ser educarlos y del esfuerzo que te va a suponer procurarles alimento. Sólo podrás usar productos de la granja mientras se limiten a beber leche, después tendrás que cazar para ellos hasta que aprenden a hacerlo solos. ¿Dónde van a vivir?

-Les construiré una casa junto al granero –dijo Erik aliviado al ver que había conseguido su propósito-, y sólo les dedicaré mis ratos libres. No te preocupes, papá, no dejaré de cumplir ninguno de mis encargos por cuidar de ellos.

-Lo sé –fue la breve respuesta de su padre mientras salía de la habitación.

 

-¿Y cómo vas a adiestrarlos? –preguntó Gunnar al día siguiente mientras paseaban por el pueblo. El muchacho se apartó un mechón de pelo castaño que caía sobre sus ojos oscuros y continuó masticando una apetitosa manzana.

-No tengo ni idea, pero no creo que sea difícil –contestó Erik-. Sólo son unos cachorrillos, lo único que hay que hacer es alimentarlos y conseguir que se vayan familiarizando con las personas, y con los animales de la granja.

-Hasta que una buena mañana te levantes y descubras que tienes tres gallinas menos porque los lobos decidieron darse un buen desayuno –comentó Kodran.

Erik miró a su amigo sin saber qué responderle. Kodran tenía el don de encontrar el punto débil a los razonamientos. Con su pelo oscuro, nariz afilada y ojos rasgados, era la personificación de la ironía y el sarcasmo, aunque su buen corazón habitualmente le impedía cruzar ciertos límites o le llevaba a rectificar en caso contrario.

-Mira, yo no tengo ni idea de cómo se educa a unos lobos –continuó diciendo el muchacho-, pero me parece que tendrías que informarte bien porque si no tendremos un problema, sobre todo tú, que te has comprometido a educarlos o sacrificarlos.

-No hace falta que me lo recuerdes –dijo Erik pesaroso-, sé muy bien en qué lío me he metido. ¿Y cómo quieres que me informe? ¿Conoces a alguien que pueda ayudarnos?

-Mi padre siempre dice que si hay alguien en la aldea que sepa de animales, ése es Markus –intervino Gunnar-. Durante muchos años fue el cetrero real. El rey y todos los nobles le encargaban que adiestrara a sus halcones para las cacerías. Vive solo, no muy lejos de aquí, al norte del pueblo. ¿Por qué no vamos a preguntarle si nos puede ayudar?

-¿¡Markus, el cetrero!? –dijo Kodran con sorpresa-. Por lo que he oído se lleva mejor con los animales que con las personas. Tiene muy mal genio, lo más seguro es que nos mande a paseo sin darnos tiempo a explicarle lo que queremos. ¿Qué opinas, Erik?

-Yo también he oído hablar de él y de su humor de perros pero, si es cierto que es el que más sabe de animales, me parece que no perdemos nada por intentarlo. ¿Queréis que vayamos ahora?

-Bueno, ¿por qué no? –Fue la breve respuesta de Kodran, aunque la expresión de su rostro manifestaba que no le acababa de gustar la idea.

 

Los tres amigos se dirigieron a la granja de Markus. Estaba situada junto al río y rodeada de árboles por todas partes. Junto a la cabaña había un enorme granero de madera con pequeñas ventanas a gran altura. Se acercaron temerosos. Erik y Gunnar empezaban a preguntarse si realmente había sido una buena idea venir a consultarle.

-A lo mejor no está en casa –dijo Gunnar con la voz entrecortada-, podemos volver otro día, ¿no?

–Quizá tengas razón –dijo Erik.

Ya se estaban dando la vuelta cuando escucharon un ruido metálico que salía de dentro del granero. Erik respiró hondo y dijo:

-Me hace tan poca gracia como a vosotros ir a hablar con ese hombre misterioso pero, si realmente puede sernos de ayuda, tendremos que decidirnos a hablar con él. Yo iré primero, seguidme.

No dio tiempo a que le respondieran. Con paso decidido, Erik se encaminó hacia el origen del tintineo que seguía escuchándose cada vez con más claridad. La puerta del granero estaba entreabierta. Sin atreverse a entrar, Erik la golpeó con fuerza para llamar la atención de quien estuviera dentro pero no lo consiguió, así que volviendo a llamar dijo:

-¿¡Hola!? ¿¡Hay alguien!? Estamos buscando al señor Markus, por favor.

En ese mismo instante cesó el ruido metálico. Unos pasos ágiles se encaminaron hacia ellos. Erik se echó hacia atrás instintivamente situándose entre Gunnar y Kodran. Enseguida se abrió la puerta empujada por un hombre de unos cincuenta años alto y fuerte. Su melena larga y totalmente blanca caía más allá de sus hombros. Llevaba el torso desnudo y sujetaba un gran martillo con su mano derecha. Su inexpresivo rostro, cubierto en parte por una barba bien recortada, era de piel curtida y estaba manchado de carbón. Sólo sus ojos de un color azul intenso transmitían algún sentimiento. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano izquierda y habló en un tono educado pero nada acogedor:

-Yo soy Markus, ¿me buscabais?

-Sí –dijo Erik retomando el aliento-, veníamos a pedirle un favor si no es mucha molestia… Pero si está ocupado podemos venir otro día –concluyó aceleradamente al ver la mirada fría que le estaba dirigiendo el cetrero.

Los tres chicos empezaron a retroceder lentamente, mascullando una excusa apenas audible, cuando Markus les detuvo:

-Espera, ¿no eres el chico de Árkhelan?

-Sí, señor, me llamo Erik –dijo con un tono algo más firme.

-Sí, claro que sí, te pareces bastante a él, supongo que te lo habrán dicho muchas veces.

-La verdad es que no, casi todos dicen que me parezco más a mi madre. Ella…

-Murió hace cuatro años al dar a luz a tu hermana pequeña –continuó Markus en un tono sorprendentemente comprensivo-. Lo sé. Lo siento. Era una gran mujer, digna esposa de un gran general como tu padre. Sí, conocí a tu madre –respondió Markus a la pregunta que se adivinaba en los ojos de Erik-. La conocí, mucho antes de que tú nacieras, cuando era sólo una joven campesina y tu padre un joven oficial del ejército. Tu padre y yo servimos juntos durante varios años. Pero todo esto no viene al caso, queríais pedirme un favor. ¿De qué se trata?

-Dicen que usted es la persona que más sabe de animales del valle –dijo Kodran al ver que Erik aún no se había repuesto de la sorpresa.

-Es cierto, y no sólo del valle, posiblemente de todo el país –repuso Markus sin inmutarse.

-Queríamos hacerle algunas preguntas sobre lobos –intervino Gunnar, que hasta entonces no se había atrevido a abrir la boca.

-¿Lobos? ¿Qué queréis saber sobre los lobos? ¡Ah, entiendo! Venís por lo del lobo que cazó ese animal carroñero de Olaf, ¿no?

Erik no pudo evitar sonreír al comprobar que Markus tampoco sentía un gran aprecio por el trampero.

-No exactamente –dijo el chico mucho más tranquilo-, aunque sí que está relacionado con ese lobo.

Sintiéndose cada vez más seguro, Erik relató con detalle todo lo acontecido con los zorros, la madre loba y sus cachorros, y el compromiso que había adquirido con su padre de educar a los lobeznos o sacrificarlos si llegaban a ser una amenaza. Markus escuchó con interés sin interrumpir la narración. Cuando Erik terminó, respiró hondo y mirándole atentamente le dijo:

-Estaba en lo cierto, te pareces mucho a tu padre, y no sólo en lo físico, aunque es cierto lo que decía tu madre: “ojos verdes como el mar y el cabello…”

-“Como el trigo” –concluyó Erik, asombrado de que Markus hubiera evocado esas palabras, tantas veces escuchadas en su infancia.

-Correcto. Y como el general Árkhelan, siempre defendiendo al débil y desamparado –continuó el cetrero-, aún sin tener muy clara cuáles van a ser las consecuencias. Así que ahora tienes dos cachorrillos y no sabes qué hacer con ellos para que no se conviertan en un peligro cuando crezcan –Markus clavó su mirada en los ojos de Erik-. Pero dime, ¿para qué quieres tú un par de lobos? ¿Para fanfarronear por ahí? ¿Para pasear por el pueblo montado a caballo, con tus lobos detrás enseñando los dientes al que te miré mal?

La pregunta pilló por sorpresa a Erik. Miró a sus amigos y vio que ellos también estaban confusos. Lo cierto era que no se habían planteado la finalidad de todo lo que estaban haciendo. Tras reflexionar unos segundos, Erik se dirigió a Markus y, al hacerlo, su voz sonó decidida:

-No quiero criar a los lobos para que sean mi juguete, ni para impresionar a los demás. Son dos pobres criaturas indefensas que no sobrevivirían solas. Vi como unas alimañas atacaron a su madre. Mientras la loba se estaba muriendo, yo estaba a su lado y, aunque parezca una locura, cuando me miró por última vez, sentí como si me estuviera pidiendo que cuidase de sus cachorros por ella. Sé que los lobos son animales libres que pertenecen al bosque, no pretendo domesticarlos para que se comporten como unos perrillos falderos, pero tampoco puedo alimentarlos sin más, sin pensar en lo que ocurrirá después. Así que lo que haré, espero que con su ayuda –añadió el muchacho-, será criarlos hasta que puedan valerse por sí solos y después llevarlos lejos de aquí para que lleven su propia vida. Pero mientras estén bajo mi cuidado necesito que respeten a los demás animales y no quiero tenerlos todo el día encerrados ni atados.

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, algo parecido a una sonrisa asomó a los labios de Markus.

–Bien, chico, bien -dijo en tono pausado-. Si es como dices, puedes contar con mi ayuda aunque no te garantizo nada. Una cosa es amaestrar un halcón, pero un lobo… Veremos qué pasa.

 

-Pues tampoco es para tanto, ¿no? –dijo Gunnar mientras volvían a sus casas-. Creía que iba a ser peor y, bueno, no es que sea un pozo de simpatía pero…

-Sí –intervino Kodran-, yo me esperaba un ogro con colmillos afilados y garras de león, que viviera en una casa tenebrosa, rodeada con estacas en las que estuvieran clavadas las cabezas de sus víctimas… Y sólo es un hombre normal y corriente, aunque es cierto que impone bastante. ¿Qué opinas Erik?

-Sí, parece un buen hombre aunque un poco desconfiado. No sé, la verdad es que lo último que me esperaba es que conociera a mis padres y, al parecer, bastante bien. En el fondo tiene sentido, él también era de la guardia personal del rey. Lo que no entiendo es por qué mi padre nunca me ha hablado de él.

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2 comentarios on “CAPÍTULO II DE “EL AMANECER DEL GUERRERO””

  1. marc pardo dice:

    como molaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa


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