PRIMER CAPÍTULO DE “EL EJÉRCITO EN LA SOMBRA”

Aquí os pongo el inicio de la segunda parte de “Erik, Hijo de Árkhelan”. Espero que os guste.

Advertencia: En estas primeras líneas se alude a algún hecho importante del libro anterior. Así que, si no te has leído “El Amanecer del Guerrero”, quizá no deberías seguir leyendo… o sí, tú verás.

Pronto pondremos también el segundo capítulo… Y ya no podremos poner más. Pero en octubre lo tendréis a vuestra disposición.

Y, sin más preámbulos:

CAPÍTULO I

Erik abrió los ojos pero no se movió. Tardó unos segundos en recuperar del todo la conciencia, los suficientes para acostumbrarse a la penumbra de la habitación y comenzar a distinguir lo que le rodeaba. Robert dormía en la cama de al lado, respirando profundamente.

«Parece mentira que un niño de nueve años sea capaz de hacer tanto ruido», pensó Erik, aunque lo cierto era que ya se había acostumbrado a sus ronquidos y no le molestaban al dormir.

Dispuesto a aprovechar las últimas horas de sueño, el muchacho dio un par de vueltas sobre sí mismo y cerró los ojos. En ese mismo instante, escuchó el crujir de unas ramas en el exterior de la casa. Sobresaltado, se levantó sin hacer ruido, avanzó lentamente hacia la ventana, y se asomó, escudriñando la oscuridad. La claridad de la luna le permitió distinguir unas figuras que se movían entre los árboles. No sabía de quiénes podría tratarse pero, de lo que sí que estaba seguro, era de que se dirigían hacia la casa. Pendiente como estaba de lo que ocurría fuera, no se percató de la nueva presencia que había entrado en la habitación hasta que sintió una mano en su hombro. Se volvió bruscamente, dispuesto a defenderse, y se encontró con el rostro de su padre. Árkhelan, con un dedo en los labios ordenándole silencio, le indicó que le siguiera.

Una vez fuera de la habitación, Erik se atrevió a hablar en voz baja.

―¿Quiénes son?

―No lo sé, pero pronto lo averiguaremos ―respondió Árkhelan mientras cogía la espada y su ballesta.

Erik imitó a su padre y tomó sus armas. Sigilosamente, salieron por la puerta de atrás para evitar ser vistos. Rodearon la casa y se parapetaron tras unos barriles desde los que podían ver el acceso a la puerta principal.

En el silencio de la noche, fueron capaces de escuchar con claridad el sonido de unos pasos cautelosos sobre la arena. Desde su escondite, padre e hijo vigilaban conteniendo la respiración. Los últimos metros hasta la casa estaban desprovistos de árboles por lo que, quien quisiera llegar hasta ella, tendría que salir al descubierto, y así ocurrió.

De entre la arboleda, emergieron dos misteriosos personajes, que avanzaron mirando hacia todas partes, como temerosos de ser descubiertos. Los extraños iban completamente envueltos en sus capas. De las capuchas que ocultaban sus rostros emanaban pequeñas nubes de vaho al ritmo de su respiración. Era una noche fría, Erik sintió cómo se le entumecían las manos y se apresuró a cargar su arco antes de que le resultara más costoso. Miró a su padre, esperando instrucciones. Árkhelan colocó una flecha en la ballesta y tensó la cuerda procurando no hacer ruido. Cuando estuvo preparado, hizo un gesto con la cabeza a su hijo y ambos se incorporaron a la vez, apuntando a los extraños con sus armas.

―¡Alto! ¿¡Quién va!? ―preguntó Árkhelan con voz potente. Los dos extraños, sorprendidos a mitad de camino entre la casa y los árboles, retrocedieron unos pasos sobresaltados―. ¡Quietos!

―¿¡Árkhelan!? ―preguntó uno de los encapuchados.

―¿Quién eres?

―Árkhelan, soy yo ―respondió el interpelado mientras descubría su rostro―: Galvián.

Una vez dentro de la casa, Árkhelan, como buen anfitrión, se preocupó de que sus invitados estuvieran lo más cómodos posible antes de disponerse a escuchar el motivo de su intempestiva visita. Erik, dudando de la oportunidad de su presencia, se dirigió hacia su habitación pero, antes de llegar a abrir la puerta, Galvián le rogó que se quedara con ellos. Cuando el muchacho tomó asiento, Árkhelan miró a sus huéspedes invitándoles a comenzar su narración. Galvián respiró profundamente y empezó a hablar:

―Mi escudero, Konrad, y yo hemos cabalgado casi sin descanso durante las últimas treinta horas y continuaremos nuestro viaje en cuanto os hayamos informado de los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos días. ―Tras una breve pausa y sin elevar el tono de voz, Galvián continuó su relato―: Como sabéis, he ocupado el cargo de general de la guardia real desde el día en que tú ―dijo dirigiéndose a Árkhelan― renunciaste a él, hace ya ocho años. En este tiempo, han llegado a mi conocimiento diferentes estratagemas de Sir William, Duque de Nordland y hermano del rey, destinadas a aprovechar su posición privilegiada para aumentar su fortuna y posesiones. Todavía está reciente la absurda campaña en tierras del norte que tantas vidas costó a nuestro ejército y que solo ha servido para aumentar el odio de los bárbaros hacia nuestro reino. ―Estas palabras despertaron antiguos sentimientos en Erik, que había intentado olvidar el ataque sufrido hacía tan solo ocho meses. Aún había noches en las que se despertaba angustiado, recordando algunos de esos instantes de terror―. La campaña fue un desastre: los nobles y ricos mercaderes, que tanto habían presionado al rey a través del Duque de Nordland para que le llevara a cabo, perdieron todo lo que habían invertido sin conseguir nada a cambio. Algunos fuimos tan ingenuos como para creer que este fracaso haría desistir a Sir William de seguir interviniendo en los asuntos de la corona, pero nos equivocamos… ―Al llegar a este punto, el general de la guardia real se detuvo y clavó sus ojos en el fuego que caldeaba la habitación―. Sabíamos que era un hombre ambicioso ―continuó a media voz― pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza que su ambición fuera tan desproporcionada como para llevarle a planear el asesinato de su propio hermano.

―¿¡Cómo!? ―preguntaron Erik y Árkhelan a la vez.

―¿El rey ha sido…? ―comenzó a decir el muchacho.

―Asesinado ―concluyó Konrad, que hasta entonces había permanecido en silencio.

―¡No es posible! ―exclamó Árkhelan sin poder esconder su desconcierto―. ¿Cómo?

―Apuñalado mientras dormía ―explicó Galvián.

―¡Eso no puede ser! ¡La guardia real vigila las habitaciones del rey y de su familia! ―repuso Árkhelan.

―También murieron los dos soldados que hacían guardia ―aclaró Konrad.

―No es tan sencillo…

―¿Entrar en el palacio real? ―intervino Galvián―. Es prácticamente imposible a no ser que se cuente con ayuda en el interior.

―¿El Duque de Nordland? ―preguntó Erik tímidamente.

―Exacto.

―¿Cómo puedes estar tan seguro? ―preguntó Árkhelan―. No siento ninguna simpatía por Sir William, pero de ahí a acusarle de conspirar contra la vida de su hermano…

―Tenemos pruebas ―le interrumpió Galvián.

―Así es ―corroboró Konrad.

―¡Explícate! ―le pidió Árkhelan.

En el momento en el que Galvián se disponía a hablar, se escuchó un ruido proveniente de la habitación de las chicas.

―Iré a ver ―dijo Erik levantándose de un salto y dirigiéndose al dormitorio.

Abrió la puerta con cuidado y entró sin hacer ruido. Enseguida percibió un ligero gimoteo y distinguió un pequeño bulto a los pies de una de las camas. Se acercó cuidadosamente y, poniéndose de cuclillas acarició con suavidad el rostro de su hermana pequeña.

―¿Qué ha pasado? ―le preguntó en un susurro.

―Me he caído ―respondió Bera llorosa.

―¿Erik? ¿Qué haces aquí? ―inquirió Nela incorporándose ligeramente.

―No te preocupes, no pasa nada ―la tranquilizó el muchacho―, Bera se ha caído de la cama pero está bien.

―No me extraña que se caiga, no para de moverse de un lado a otro ―comentó Nela aún adormilada. La muchacha miró hacia la puerta de la habitación y, al distinguir la cálida luz del fuego y las voces que llegaban desde allí, miró a su hermano con cierta alarma―. ¿Quién está ahí, Erik? Todavía no ha amanecido. ¿Quién ha venido a estas horas?

―Son unos amigos de papá, ya te lo explicaré mañana. Ahora seguid durmiendo ―respondió el chico mientras arropaba con cuidado a la pequeña.

―Pero…

―¡Nela, por favor! ―le interrumpió Erik.

La muchacha no insistió, conocía suficientemente a su hermano como para saber que no actuaba por capricho.

―Pues entonces, hasta mañana ―concluyó recostándose.

―Hasta mañana ―respondió Erik y, volviéndose hacia la pequeña, que dormía profundamente, se agachó y la besó―. Hasta mañana, bichejo ―añadió en un susurro.

Se dispuso a salir de la habitación pero, antes de llegar a la puerta, se detuvo. Sintió como si al volver donde le esperaban su padre y los dos visitantes fuera a cruzar una línea invisible entre la calma y la guerra. Allí, en el dormitorio de sus hermanas, no había preocupaciones ni problemas, pero en la sala de al lado… Tras unos segundos, abrió la puerta que había dejado entornada y salió de la habitación.

―¿Va todo bien? ―inquirió Árkhelan.

―Sí ―respondió Erik sin dar más explicaciones.

―Galvián y Konrad me han contado cuáles son las razones que les hacen pensar que el Duque de Nordland está implicado en el asesinato del rey. Aunque son bastante convincentes, no servirán para demostrar nada, ya que se basan en una conversación que Konrad escuchó casualmente entre Sir William y uno de sus lacayos sin que se dieran cuenta.

―¿Entonces…? ―comenzó a decir el muchacho.

―Como ha dicho tu padre ―intervino Galvián―, nuestras pruebas no son válidas delante de un tribunal; sería la palabra de Konrad contra la del Duque de Nordland, y es evidente a quién le darían la razón. Pero eso no significa que debamos quedarnos de brazos cruzados y permitir que ese sucio conspirador haga lo que le venga en gana para conseguir sus objetivos.

―¿Y qué vais a hacer? ―preguntó Erik.

―Lo que ya estamos haciendo ―respondió inmediatamente Galvián―. En primer lugar, informar a los antiguos miembros de la guardia real y a otras personas leales al rey de lo que ha ocurrido, antes de que Sir William extienda su versión de los hechos por todo el reino. Después de esto, nuestra única misión será velar por la seguridad de la familia real, especialmente por la del príncipe Harald.

―¿Creéis que están en peligro? ―volvió a intervenir Erik.

―Con la muerte del rey, la corona debería pasar a su hijo primogénito pero, como el príncipe aún es menor de edad, no puede ser coronado. Así que la responsabilidad del gobierno recaerá sobre el siguiente en la línea de sucesión.

―¡El Duque de Nordland! ―dijo Árkhelan con desprecio.

―Sí, aunque solo hasta que el príncipe Harald llegue a la mayoría de edad.

―Dentro de ocho meses ―aclaró Konrad―. Pero, tal y como están las cosas, es casi seguro que Sir William hará todo lo posible para no tener que ceder la corona a su sobrino.

―¡Eso no puede ser! ―exclamó Erik.

―Ya ha asesinado a su hermano, no creo que tenga muchas dificultades para hacer lo mismo con el príncipe Harald ―intervino Galvián―. Por eso tenemos que protegerlo.

―¿Y cómo vais a hacerlo? ―inquirió Árkhelan.

―Alejándoles del peligro a él y a su familia. Nos los llevaremos a Ingerland. El rey Kirsten es hermano de la reina Alexandra; él podrá acogerles y garantizar su protección.

―¿¡Vais a hacer que la familia real abandone el país!? ―preguntó Árkhelan incrédulo.

―Es el único modo de protegerlos ―razonó Konrad.

―Pero no es tan sencillo, ¿no? ―dijo Erik―. Es decir, si el Duque de Nordland ha dirigido la conspiración para asesinar al rey y así ocupar el trono y, además, va a tener que hacer lo mismo con su sobrino para no cederle la corona, no creo que le guste mucho la idea de que la reina Alexandra y sus tres hijos se vayan al reino de Ingerland hasta que llegue el momento en que el príncipe Harald ocupe el trono de su padre, ¿no crees?

―Por supuesto ―respondió Konrad―, por eso tendremos que hacerlo en secreto y lo más rápidamente posible.

―¿Y qué opina la reina el respecto? ―se interesó Árkhelan.

―Está sufriendo mucho ―dijo Galvián con tristeza―. Amaba profundamente al rey y perderlo así… Ha sido un duro golpe para ella, pero es una mujer fuerte e intenta sobreponerse. Le informé sobre el papel de Sir William en el asesinato del rey, me dio la impresión de que no le sorprendía demasiado. Nunca ha sentido un gran aprecio por el Duque de Nordland, consciente de su ambición y de su envidia. Le expliqué mi plan y las razones que lo motivaban; no le gustó la idea de marcharse dejando el gobierno en manos de Sir William, ni tener que involucrar a su hermano y al reino de Ingerland, pero comprendió que era por el bien de sus hijos y también del país. El príncipe Harald no podrá prestar ningún servicio al reino de Altenbruk  si lo asesinan. Tendremos que prepararnos para el día en que pueda reclamar la corona; Sir William no la cederá voluntariamente.

―¿Prepararnos? ¿Cómo? ―preguntó Erik.

―Ahí es donde entráis en juego vosotros ―aclaró Galvián con una leve sonrisa―. Varios oficiales de la guardia real, junto con Konrad y conmigo, permanecerán en Ingerland cuidando de la reina y su familia. Entretanto, vosotros y otras personas debéis preparar el terreno para cuando llegue el momento de la coronación del príncipe Harald. Habrá que reclutar un ejército en la sombra que dé la cara cuando sea necesario. Es una misión complicada pero ineludible.

―¡Un ejército en la sombra! ―repitió Árkhelan sorprendido.

―¿Podremos contar con vosotros? ―preguntó Galvián clavando los ojos en su amigo.

Erik miró a su padre en silencio. La misión que les estaban encomendando no solo era difícil, también era muy arriesgada. Si todo lo que les habían contado era cierto, una vez que la familia real abandonara el país, Sir William asumiría el gobierno y, por lo poco que sabía de él, se encargaría de erradicar hasta el más mínimo brote de rebelión. Si eran descubiertos, les acusarían de traicionar a la corona y lo pagarían con sus vidas, no le cabía la menor duda.

―Cuenta conmigo ―respondió finalmente Árkhelan.

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4 comentarios on “PRIMER CAPÍTULO DE “EL EJÉRCITO EN LA SOMBRA””

  1. Laura Frías dice:

    ¡Qué buena pinta tiene, Miguel Ángel!
    Menudas ganas tenemos ya en casa de leerle del tirón 🙂

  2. anonimo dice:

    este libro está muy bien, ha sido unos de los que más me ha gustado


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