SEGUNDO CAPÍTULO DE “EL EJÉRCITO EN LA SOMBRA”

Solo faltan unos días para que se envíe el libro a la imprenta. Dentro de nada os podremos enseñar la portada y el trailer promocional. Y, mientras tanto, os pongo aquí el segundo capítulo de “El Ejército en la Sombra”, para que podáis echarle un vistazo.

Espero que os guste.

CAPÍTULO II

―¡No es justo!

―¡Vas a despertar a tus hermanos, Erik! ―le reprendió Árkhelan a media voz mientras volvía de cerrar la puerta. Galvián y Konrad acababan de marcharse.

―¡No es justo! ―repitió el muchacho en un susurro―. Galvián nos pidió ayuda a los dos, no solo a ti.

―Es cierto, pero no quiero que te metas en este asunto, es peligroso.

―¿Y qué? Hace tiempo que dejé de ser un niño…

―Ya lo sé.

―¿Entonces…?

―Ya te lo he dicho, es muy peligroso ―respondió Árkhelan pacientemente.

―¿Y para ti no lo es? ―replicó el muchacho intentando mantener la calma.

―Sí, claro que para mí también es peligroso, por eso mismo no puedo permitir que te involucres en este asunto.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Erik desconcertado.

―Imagínate que los dos no ponemos a trabajar reclutando gente dispuesta a apoyar al príncipe Harald y que un día nos descubren los espías de Sir William, nos detienen y nos condenan a muerte. ¿Qué pasaría con Robert y con las chicas? ¿Quién cuidaría de ellos, Erik?

El muchacho miró fijamente a su padre intentando encontrar una respuesta apropiada. La sangre bullía en su interior y apretaba los dientes sin darse cuenta, fruto de la tensión del momento. Tras unos instantes de silencio, su rostro se relajó y suspiró decepcionado mientras decía:

―Supongo que tienes razón, no podemos involucrarnos los dos. ¡Tengo una idea! ―añadió de repente―. ¿Por qué no te mantienes tú al margen y me encargo yo de la misión? ―Árkhelan no se molestó en responder, miró a su hijo mientras enarcaba una ceja, esperando que él mismo contestara a su pregunta―. Porque tú fuiste general de la guardia real y la gente te hará más caso a ti que a un chaval de diecisiete años a quien nadie conoce ―sentenció Erik en tono malhumorado―. ¡Me voy a la cama! Buenas noches ―se despidió con desgana.

―Buenas noches ―respondió Árkhelan siguiendo a su hijo con la mirada.

Erik no consiguió dormirse de nuevo; permaneció tumbado en la cama, pensando en todo lo que les habían contado Galvián y Konrad. Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, se levantó, se vistió y salió de la habitación.

―Buenos días.

El muchacho, que no esperaba encontrarse a nadie tan temprano, dio un respingo al escuchar la voz de su padre saludándole.

―Buenos días ―respondió sobreponiéndose al susto―. ¿No te has vuelto a acostar?

―No ―reconoció Árkhelan―, tenía demasiadas cosas en la cabeza.

―La verdad es que yo tampoco he dormido nada. ¿Has decidido ya qué vas a hacer? Quiero decir, si tienes algún tipo de plan o algo así.

Árkhelan rió divertido ante la pregunta de su hijo.

―Sí, algo así.

Erik se sentó junto a su padre y lo observó unos instantes mientras este mantenía la vista clavada en el fuego. Al verlo de cerca, le llamó la atención cómo el cansancio y la tristeza ensombrecían el rostro del antiguo general.

―¿Cómo te encuentras? ―preguntó el muchacho deseoso de ayudar a su padre.

―Pues la verdad es que no muy bien ―contestó Árkhelan con sinceridad―. El rey Sigurd era un gran hombre. No era perfecto y algunas de las decisiones que tomó quizá fueran erróneas, pero siempre buscaba lo mejor para su pueblo.

―¿Llegasteis a haceros amigos?

―No creo que pueda hablarse de amistad. Era el rey y tenía que mantener las distancias con sus súbditos para que no le perdieran el respeto, pero siempre me trató con amabilidad y cierta deferencia. Era muy agradecido y atento con las personas que trabajaban a su servicio… ¡Que Dios se apiade de su alma! ―concluyó Árkhelan sin ocultar su dolor.

―¿Qué opinas del plan de Galvián de llevarse a la familia real? ―Se apresuró a preguntar Erik intentando reconducir la conversación.

―Como él dijo, no queda otra salida. Si el príncipe Harald corre peligro, lo mejor es alejarlo de Sir William, aunque no va a ser tan fácil lograr que sea coronado cuando llegue a la mayoría de edad.

―¿Por qué no? ―se interesó el muchacho―. Eso es lo que no entiendo. ¿Por qué hace falta un ejército clandestino? Según la ley, él es el heredero y si reclama el trono cuando llegue el momento, el Duque de Nordland no puede negarse a que sea coronado, ¿no?

Árkhelan se volvió hacia su hijo para mirarlo directamente a los ojos. El muchacho se sintió un poco intimidado y permaneció en silencio, no sabiendo cómo reaccionar.

―Ojalá fuera tan sencillo ―dijo al fin.

―¿Qué quieres decir?

―Nosotros vivimos en una pequeña aldea donde todos nos conocemos y respetamos. Cada uno se preocupa de conseguir lo mejor para sí y para los suyos, intentando cumplir sus obligaciones para con los demás habitantes de la aldea. Hay unas leyes sencillas, que regulan las relaciones entre las personas, y si alguien piensa que se ha cometido una injusticia, lo denuncia al consejo del pueblo y ellos se encargan de juzgar los hechos y tomar las decisiones oportunas. Además, hay unos alguaciles que son los responsables de que las decisiones del consejo de ancianos se lleven a cabo, ¿no es así?

―Sí, claro ―respondió Erik sin saber muy bien adónde quería ir a parar su padre.

―Bien, pues imagínate que existiera un grupo de personas con muchas tierras y riquezas, con cientos de campesinos trabajando para ellos, con tanto dinero y posesiones que pudieran incluso disponer de un ejército propio para su defensa. Imagínate que esas personas llegaran a la conclusión de que algunas de las leyes, que todos respetan y que están ahí para el bien común, van en contra de sus intereses y les dificultan obtener más beneficios, y decidieran que no van a cumplirlas. ¿Qué pasaría?

―Tendrían que obligarles a cumplir las leyes a la fuerza.

―Correcto, pero ¿qué ocurriría si resultara que la persona que debía velar por que se cumplieran las leyes estuviera de parte de este grupo de poderosos? ¿Quién haría que se cumpliera la ley entonces?

―El ejército ―respondió el muchacho sin mucha convicción.

―El ejército está formado por oficiales y soldados que deben lealtad a la persona que ocupa el trono.

―Pero si lo ocupa ilegítimamente…

―Entonces deberían rebelarse, pero ¿quién se atreverá a denunciar esa situación? ―Erik no respondió―. Además, como te he dicho antes, esos poderosos tienen sus propios ejércitos, no tan fuertes ni bien preparados como el ejército del rey, pero sí lo suficientemente eficaces como para sofocar pequeñas rebeliones.

―Pero quizás haya algunos oficiales que no estén dispuestos a que Sir William se quede con el trono ―dijo Erik―. Si se unen entre ellos, una gran parte del ejército les seguirá y podrán plantar cara a los que pretender usurpar la corona.

―Tienes toda la razón ―admitió su padre―, así que esa es la primera parte de mi plan: averiguar qué oficiales están dispuestos a rebelarse contra el Duque de Nordland cuando llegue el momento, y hablar con ellos para fijar nuestra estrategia.

―¿Y cómo piensas hacerlo? ―se interesó el muchacho.

―Con mucha discreción ―concluyó Árkhelan.

Después de desayunar, Erik buscó la ocasión de quedarse a solas con Nela. La muchacha había sido lo suficientemente prudente como para no hacer ningún comentario delante de los pequeños sobre lo acontecido en la madrugada. Sin embargo, por las miradas que le dirigió en distintos momentos, Erik no tuvo ninguna duda de que le sería exigida una explicación cuando las circunstancias lo permitieran. Bera no recordaba nada en absoluto de su caída, y mucho menos de la breve conversación que habían mantenido sus hermanos.

―Bueno, qué, ¿me vas explicar lo que pasó anoche? ―le espetó la muchacha, una vez que los pequeños salieron de la casa acompañando a su padre.

―¿Anoche?

―¡Erik!

―Vale, vale. No te pongas así ―replicó el muchacho sonriendo―. La verdad es que se trata de un asunto muy grave ―continuó, adoptando un tono más serio.

―¿Ha pasado algo? ―preguntó Nela, preocupada por las palabras de su hermano.

―Sí ―reconoció el muchacho pesaroso.

Delicadamente pero con claridad, Erik fue relatando a su hermana todo lo que les habían contado Galvián y Konrad. La muchacha escuchaba en silencio, intentando asimilar las tristes noticias. Sus ojos se humedecieron y, aunque se esforzó por evitarlo, las lágrimas terminaron surcando sus mejillas. Haciendo un gran esfuerzo, Erik continuó el relato sin ocultar cómo la muerte del rey iba a influir en sus vidas, y la misión que su padre había aceptado. Al llegar a este punto, la serena tristeza de Nela comenzó a convertirse en una evidente preocupación.

―Si le descubren…

―Le detendrán y, casi con seguridad, le condenarán a muerte por traición ―concluyó Erik.

Nela lo miró aterrorizada.

―Pero no tienen por qué descubrirle ―intentó tranquilizarla el muchacho―. Papá ha pasado casi la mitad de su vida en el ejército y, aunque evite hablar de ello, ha tenido que llevar a cabo tareas muy arriesgadas. Tiene experiencia y es muy prudente. Nela, no se expondrá así como así.

―Ya lo sé ―dijo la chica un poco más calmada―, pero de todos modos sigue siendo muy peligroso. ¿¡Por qué no puede encargarse otro!? Él ya ha hecho bastante por este país.

―Intenté convencerle para que me dejara hacerlo a mí pero…

―¡Erik! ―le interrumpió Nela sobresaltada.

―Es la verdad. De acuerdo, es muy arriesgado, pero es necesario. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras un tirano se hace con el poder injustamente.

―Pero ¿por qué nosotros? Esos problemas no nos incumben. La capital está muy lejos. La vida de nuestro pueblo seguirá igual sea quien sea el rey. No me entiendas mal, Erik ―repuso la muchacha ante la expresiva mirada de su hermano―. Siento la muerte del rey, y mucho más que  haya sido asesinado. Siento que la reina y sus hijos tengan que irse del país, pero no entiendo por qué tiene que ser papá el que arriesgue su vida.

―Papá fue general de la guardia del rey…

―¡Tú lo has dicho: «fue»! Se retiró hace nueve años, los mismos que acaba de cumplir Robert. Dejó el ejército para poder estar con nosotros y, ahora, ¿va a arriesgar su vida y dejar a su familia sola por una misión suicida?

―No es una misión suicida. No va a estar él solo, seguro que  Galvián y Konrad han hablado con otras personas. Nela ―continuó Erik, acercándose a su hermana―, papá ya ha tomado la decisión, te aseguro que no le ha resultado sencillo. ¡Tendrías que haber visto su cara esta mañana! Pero él piensa que es lo correcto y, si tiene que arriesgar su vida, lo hará. No es el momento de rebelarse, no se lo pongas más difícil. Necesita nuestro apoyo, necesita que lo comprendamos y lo aceptemos. Tiene una misión complicada y peligrosa, facilitémosle que pueda concentrarse en ella sin tener que estar excesivamente pendiente de nosotros.

Nela bajó la mirada, pensativa. Transcurrieron algunos segundos en silencio. Erik la observaba intentando adivinar sus pensamientos. Sabía lo duro que era para ella aceptar la situación. A él tampoco le resultaba fácil pero, de algún modo, entender los motivos que impulsaban a su padre a obrar así le ayudaba a mantener la serenidad. La muchacha levantó la vista, sus ojos azules estaban arrasados en lágrimas, pero su expresión era tranquila.

―¿Y qué haremos si le descubren y le capturan?

Desprevenido, Erik tardó unos instantes en reaccionar. Buscó palabras con las que reconfortar a su hermana ante esa posibilidad, pero no las encontró. Suspiró profundamente y respondió con sinceridad:

―Reza para que eso no ocurra.

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