PRIMEROS CAPÍTULOS DE “JUSTICIA Y HONOR”

ADVERTENCIA: EN ESTOS PRIMEROS CAPÍTULOS APARECE INFORMACIÓN REFERENTE A LOS ANTERIORES LIBROS.

ERIK, HIJO DE ÁRKHELAN III. JUSTICIA Y HONOR

 

CAPÍTULO I

Volvieron a ponerse en marcha poco después del mediodía, y aunque cabalgaron sin apenas detenerse, esta vez el viaje resultó menos agotador para los muchachos; quizá porque habían podido dormir unas horas, o quizá porque tenían la certeza de que, de momento, nadie les perseguía.

¡Lo habían conseguido! –No paraba de repetirse Erik en su interior-. Habían entrado en el castillo y liberado a Árkhelan y a los demás prisioneros. Todavía les quedaba mucho por hacer, pero habían salvado el primer escollo; ¡y vaya escollo!

Los acontecimientos de la noche anterior se le presentaban casi como un sueño. El asalto al calabozo, el encuentro con su padre, la fuga, mezclándose con la patrulla que iba a apagar el fuego provocado por sus ayudantes… Y, cómo olvidarlo, los minutos de angustia ante la ausencia de Markus y Kodran en el lugar de encuentro. Afortunadamente, todo había salido bien… Bueno, lo cierto era que la odisea no había hecho más que comenzar.

-No sabía que hubiera tantas montañas en nuestro país –comentó Gunnar cuando ya estaba atardeciendo-, la verdad es que no tengo ni idea de dónde estamos o hacia dónde vamos.

-Estamos avanzando hacia el norte –le informó Markus que marchaba justo delante del muchacho-. Al oeste, aunque desde aquí no se ve, tenemos el río Rösendort, o lo que es lo mismo, la frontera entre Ingerland y Altenbruk. Es un río muy ancho y caudaloso.

-Y frío –apuntó Erik.

-Sobre todo en invierno –añadió el cetrero sonriendo-. Durante casi todo su recorrido, el río Rösendort fluye entre montañas, por eso solo hay dos puestos fronterizos: uno cerca de la ciudad y otro unas veinte millas al norte, por donde cruzamos nosotros.

-¿Y no se puede atravesar por más sitios? –preguntó Kodran.

-Usando el sentido común, no –respondió Markus-; haciendo locuras, ya se ve que sí.

-¿Adónde nos dirigimos? –se interesó Kodran.

-Para serte sincero, te diré que, más que ir hacia un sitio, lo que estamos haciendo es alejarnos de la ciudad –contestó el cetrero-. Estas montañas están deshabitadas y no hay ninguna población cerca, así que no es mal sitio para escondernos, al menos de momento.

-¿Vamos a quedarnos en las montañas? –insistió Kodran, al que la idea no parecía hacerle mucha gracia.

-¿Se te ocurre algo mejor? –le retó Markus.

-Bueno, no sé –contestó el muchacho algo incómodo-, podríamos ir a algún poblado lejos de la ciudad donde nadie nos conozca…

-Y hacernos pasar por unos saltimbanquis que van de pueblo en pueblo representando historietas –concluyó el cetrero con sarcasmo-. ¿En qué estás pensando? No somos un grupo que pase inadvertido: once hombres adultos y tres chiquillos.

-¡Ehem! –protestó Erik con un fuerte carraspeo .

-Perdón –se excusó Markus sin mucha convicción-, quería decir jóvenes.

-Pero no vamos a pasar así el resto de nuestras vidas –intervino Gunnar sin poder disimular cierta inquietud.

-¿Por qué? ¿No te gusta el paisaje? –preguntó Markus mirando a su alrededor.

-Hombre, el lugar es bonito –intervino Erik sonriendo-, pero quizá no sea lo más idóneo para pasar el invierno.

-En eso no te falta razón, y eso que estas montañas no son muy altas y se podría transitar por ellas incluso si estuvieran nevadas. Si estuviéramos en los montes del norte…

-¿Son mucho más altos? –inquirió Gunnar.

-No solo son más altos, sino que también son más escarpados. Cruzarlos es siempre difícil, pero con nieve es imposible.

-Bueno, oiga, no cambie de tema –le recriminó Kodran-, y díganos qué es lo que vamos a hacer, ahora que ya hemos rescatado a los prisioneros.

-Continuar con nuestro plan –respondió entonces Markus.

-¿Y nuestro plan es…? –continuó indagando el muchacho.

-Lo sabréis a su debido tiempo –contestó el cetrero antes de espolear a su caballo y dirigirse a la cabeza del grupo.

-¡Lo sabía! –explotó Kodran.

-No sé ni para qué te molestas en preguntar –dijo Erik con una gran sonrisa.

-¿Crees que realmente hay un plan? –inquirió Gunnar.

-No lo sé –contestó Erik-, pero hasta ahora Markus no nos ha fallado, así que no veo motivo alguno para dudar de él.

-No, si yo no dudo de él –intervino Kodran visiblemente malhumorado-, pero es que me pone nervioso que siempre nos deje con la intriga.

-Me parece que precisamente lo hace por eso –razonó Gunnar.

-¡Pues no le veo la gracia! –gruñó Kodran.

Se detuvieron poco antes de que anocheciera. Aprovechando los últimos rayos de sol, recogieron leña seca para encender una hoguera con la que calentarse. Aunque ese invierno estaba siendo desacostumbradamente suave, las noches eran muy frías, sobre todo si había que pasarlas al raso.

-Nos queda poca comida –comentó Gunnar mientras sacaba de sus alforjas lo necesario para prepararse la cena.

Gustav, el simpático tabernero, no solo se había encargado de llevar los caballos y a Luna y Sombra a la Cabaña de Piedra; previendo que tendrían que pasar varios días en las montañas, había obsequiado a los fugitivos con una gran cantidad de víveres.

-Sí, ya me había dado cuenta –contestó Árkhelan-, pero no hay por qué preocuparse: en estas montañas podremos encontrar caza suficiente para abastecernos.

-Antes le hemos preguntado a Markus por el destino de nuestro viaje y no nos ha contestado –intervino Erik, aprovechando que estaban algo apartados del grupo-. No quiero que me digas más de lo que yo deba saber, pero ¿estamos yendo a algún sitio en concreto o seguimos alejándonos de la ciudad sin un rumbo fijo?

-Puede que un poco de las dos cosas –contestó el ex general.

Los tres muchachos se miraron entre sí sonriendo.

-¿Qué ocurre? –preguntó Árkhelan extrañado.

-Que parece que lo hagáis a propósito –replicó Erik con sencillez.

-¿El qué?

-Todo este aire de misterio: ya lo sabréis, ya lo veremos, un poco de las dos cosas…

Árkhelan rió divertido.

-No era ese mi intención –se excusó-. Lo que te he dicho es la verdad: estamos huyendo de la ciudad y avanzando hacia nuestro nuevo destino; lo que pasa es que aún no está del todo claro cuál va a ser el siguiente paso.

-¿No tenemos un plan? –inquirió Kodran.

-Bueno, hasta hace menos de veinticuatro horas, yo estaba en una mazmorra esperando a ser juzgado por el Duque de Nordland –repuso Árkhelan-, y, aunque he estado dándole vueltas al asunto, no he llegado a una conclusión definitiva.

-¿Cuáles son nuestras opciones? –quiso saber Erik.

El ex general miró fijamente a su hijo, mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios.

-Odio tener que decir esto –contestó-, pero creo que tendréis que esperar para saberlo. Aunque solo un poco –añadió enseguida, adelantándose a las protestas de los chicos-, quiero que lo hablemos cuando estemos todos.

-Está bien –accedieron los muchachos.

 

 

Mientras inspeccionaban los alrededores en busca de leña, habían encontrado una cueva de gran tamaño en la que podrían pasar la noche resguardados del frío. En realidad se trataba más bien de una hendidura en la montaña de no más de diez metros de profundidad, pero lo suficientemente espaciosa y bien orientada como para cobijarles cómodamente y permitirles descansar.

Después de cenar, se quedaron un rato en silencio, sentados alrededor del fuego. Erik fue mirando a los hombres que habían rescatado, preguntándose en qué estarían pensando. Todos ellos habían arriesgado sus vidas por lealtad al rey, y ahora tenían que huir sin un rumbo muy claro y sin posibilidad de volver con sus familias hasta que todo se solucionara; si se solucionaba.

-Creo que ha llegado el momento de decidir lo que vamos a hacer –intervino Árkhelan rompiendo el silencio. Todos le miraron atentos-. Si nuestra misión ya era difícil desde un principio –continuó-, los hechos acontecidos durante las últimas semanas no han hecho sino complicarla aún más. Sabemos que hay mucha gente dispuesta a ayudarnos y a dar la cara por el heredero cuando llegue el momento, pero eso no basta. Necesitamos reclutar un auténtico ejército que garantice la seguridad del príncipe hasta que sea coronado.

-¿De cuántos soldados estamos hablando? –preguntó Rolf.

-Al menos tantos como los que componen la guardia personal de sir William y los nobles que le apoyan –repuso Árkhelan.

-Pero sir William cuenta con todo el ejército del país –añadió Hank.

-No se atreverá a ordenarles que vayan contra el príncipe. Para esa tarea utilizarán solo a sus mercenarios.

-¿Cuántos? –insistió Rolf.

-No menos de quinientos soldados –expuso Árkhelan.

-¿¡Quinientos!? –fue la exclamación unánime.

-Eso es una locura –declaró Hank-. Hasta que nos detuvieron solo habíamos conseguido reclutar a setenta u ochenta personas, ¿cómo esperas llegar a esa cifra teniendo en cuenta que ahora nuestros movimientos están mucho más limitados?

-Perdonad –intervino Erik-, seguramente sea una estupidez, pero lo que yo no comprendo es para qué se necesita tanta gente. Si lo único que va a hacer ese ejército es escoltar al príncipe hasta el palacio real, ¿no bastaría con una guardia mucho menos numerosa?

-Si, como tú dices, esa fuera la única misión de su ejército, sí que bastaría con menos gente –dijo Markus-. El problema es que, antes de que el príncipe Harald regrese a Altenbruk, debemos estar seguros de la lealtad del ejército y del pueblo.

-Ahora sí que ya no entiendo nada –comentó Gunnar en voz baja.

-Imagínate que llega la fecha de la coronación y su alteza regresa a nuestro país –explicó el cetrero que había escuchado el comentario-. Nosotros acudimos a la frontera con una guardia personal para escoltarle hasta el castillo; pero, entretanto, el Duque de Nordland, que tiene espías por todas partes, como ya hemos comprobado, se entera de lo que está ocurriendo y lanza a su ejército para evitar que el príncipe llegue al Palacio con vida.

-Más aún, estoy casi seguro de que el Duque de Nordland cerrará la frontera cuando se acerque la fecha del cumpleaños del príncipe –añadió Árkhelan.

-Pero no puede impedir que el príncipe vuelva a su país –intervino Kodran.

-A él, no –respondió Árkhelan-, pero sí a todos sus acompañantes. Así lo tendrá a su merced para provocar cualquier «trágico accidente».

-Eso no puede ocurrir –objetó Kodran-. Si el Duque de Nordland hiciera eso, el ejército y el pueblo se rebelarían contra él.

-Una vez que el príncipe estuviera muerto –intervino Markus-, sir William se encargaría de hacer correr una versión de los hechos acorde a sus intereses, como ya lo hizo tras el asesinato de su hermano.

-Pero es imposible que engañe a todo el mundo –repuso Gunnar.

-No hace falta tanto, basta con sembrar la duda y castigar a los que le lleven la contraria. Y eso puede hacerlo con su ejército personal.

-No me puedo creer que se pueda dominar a todo un país con solo una guardia personal –reflexionó Kodran.

-Se puede mientras el pueblo y especialmente, el ejército no se organicen –contestó Markus-. Nadie quiere tomar el mando por miedo a las represalias, a no ser que compruebe que no está solo y que, llegado el momento, contará con una fuerza al menos igual a la de su enemigo.

-Y por eso necesitamos quinientos soldados –concluyó Árkhelan-. Ese ejército escoltará al príncipe en su regreso, pero no sin antes haber visitado algunas poblaciones informando a civiles y soldados de quién asesinó al rey Sigurd.

-¿¡Quieres recorrer el país con un ejército!? –preguntó Jurgen, uno de los liberados que, como el resto, había permanecido en silencio.

-No todo el país, y tampoco con todo el ejército reunido –explicó el ex general-. Quiero que mucha gente escuche la verdad y que los soldados y, sobre todo, los oficiales sepan que el príncipe cuenta con un ejército al que ellos deben sumarse.

-Resumiendo –intervino Markus-, llegamos a un pueblo, les decimos unas cuantas verdades y desaparecemos.

-¿Y no crees que el Duque de Nordland enviará al ejército a por nosotros? –preguntó Hank.

-Ojalá lo haga –contestó Árkhelan-. Será el momento de comprobar si realmente el ejército le es leal.

-¿Lo dudas? –inquirió Erik.

-Más que eso –respondió Árkhelan con seguridad-. la certeza, igual que la tiene sir William, de que ahora mismo solo le obedecen porque no tienen otra opción. Pero eso puede cambiar si se alteran las circunstancias: la autoridad que nace del miedo es muy inestable.

-Bueno, si es eso es así –intervino Gunnar en un aparte-, tampoco lo tenemos tan mal.

-Sí, claro –le contestó Kodran también en voz baja-, ahora solo tenemos que conseguir quinientas personas dispuestas a arriesgarlo todo para enfrentarse al Duque de Nordland y a sus aliados.

-Nosotros somos catorce, y según acaba de decir Hank ya había setenta u ochenta personas dispuestas a unirse –comentó Erik.

-Vale, genial –dijo entonces Kodran con su habitual ironía-, solo nos faltan unos cuatrocientos.

-No te olvides de Peter, Jacob y Manfred –le recordó Gunnar-, Markus les prometió que iría a buscarlos cuando llegara el momento.

-Ah, bueno, perdona –repuso exagerando aún más el tono-, se me había olvidado. Peter, Jacob y Manfred. Ahora sí que estamos salvados.

-Es cierto que cuatrocientos sigue siendo una cifra enorme –intervino Árkhelan para sonrojo de los muchachos, que no se habían dado cuenta de que el resto del grupo había estado escuchando su conversación-, por eso creo que debemos cambiar de estrategia.

-¿Cambiar de estrategia? –preguntó Jurgen extrañado-. ¿Qué quieres decir?

-Ir de aldea en aldea intentando entrevistarnos con algún antiguo conocido para convencerle de que se una a nosotros es un proceso demasiado lento y arriesgado. Ya nos han capturado una vez, no les costará demasiado hacerlo de nuevo.

-¿Y qué propones? –inquirió Bret, un gigantón de pelo moreno y ensortijado.

-Que pidamos ayuda a un ejército ya existente –contestó Árkhelan.

Las preguntas parecieron multiplicarse en el interior de toda la audiencia, pero ninguno se decidió a formularlas.

-¿Qué quieres decir? –preguntó Rolf al fin.

-Si tenemos problemas para encontrar aliados dentro de nuestras fronteras, busquemos fuera de ellas –explicó el ex general.

-¿En Ingerland? –inquirió Erik tímidamente.

-Sería lo más sencillo, pero dudo mucho de que el rey Kirsten atendiera a nuestra petición –dijo Árkhelan-. Una cosa es acoger a la familia real, no olvidemos que la reina Alexandra es su hermana, y otra muy distinta ordenar a su ejército que entre en nuestro país.

-¿Entonces? –intervino de nuevo Bret.

-Alguien que deba lealtad a la corona y pueda salir beneficiado con su cooperación –expuso el ex general. Todos se miraron buscando la respuesta, pero ninguno parecía saber a quién se estaba refiriendo-. Podríamos pedir ayuda a los Dursmanni –dijo Árkhelan al fin.

-¿¡A los Dursmanni!? –exclamaron casi todos.

-¿¡A quién!? –preguntaron los muchachos, que escuchaban ese nombre por primera vez.

-A los Dursmanni –respondió Árkhelan con tranquilidad-. Viven al norte, junto al mar, más allá de las montañas.

-¿¡Vas a pedir ayuda a esos bárbaros!? –le reprochó Bret.

-¿Bárbaros? –inquirió Erik, cada vez más perdido.

-Los Dursmanni son una de las muchas tribus del norte –intervino Markus-, a las que nosotros conocemos con el nombre genérico de bárbaros. Sin embargo, no todas las tribus se dedican al saqueo y al pillaje –continuó dirigiendo una mirada reprobatoria a Bret, que bajó los ojos incómodo-, algunos pueblos del norte están formados por campesinos y ganaderos.

-Ya –repuso el muchacho-, pero todas esas tribus viven muy lejos, solo se puede llegar a sus tierras navegando y estos Dursmanni viven en nuestro país.

-Bueno, en realidad esas tierras les pertenecen aunque están dentro de nuestras fronteras –matizó el cetrero.

-¿Y por qué no viven con las otras tribus –intervino Kodran.

-Es una historia que viene de lejos –contestó Árkhelan-, de tiempos del rey Harald el Grande, abuelo del príncipe Harald. Durante su reinado hubo constantes enfrentamientos con los países vecinos, parecía que todo el mundo quería ampliar sus fronteras conquistando las tierras cercanas. El rey Harald comprendió que solo con su ejército no conseguiría derrotar a sus enemigos, por lo que pidió ayuda a algunas tribus del norte. Los Dursmanni fueron los únicos que respondieron a su llamada y, en pago por sus servicios, el rey les entregó las tierras que ahora habitan, además de ganados y una gran cantidad de oro.

-¿Y no volvieron a su país? –preguntó Gunnar.

-Algunos sí, pero la mayoría prefirió quedarse  -contestó el cetrero-; aquí el clima es más suave y las tierras que les entregó el rey Harald eran muy buenas para el cultivo.

-Además –añadió Árkhelan-, las tribus del norte están en continuo enfrentamiento, y muchos preferían llevar una vida más tranquila.

-Y, desde entonces –concluyó Markus-, han vivido en paz en sus tierras, pagando impuestos a la corona y sin crear un solo problema.

-Y así es como deben seguir –añadió Bret.

-¿Qué te hace pensar que vayan a ayudarnos? –inquirió Rolf-. Como tú mismo has dicho, llevan una vida pacífica en sus tierras y nunca se han inmiscuido en los problemas del reino. ¿Por qué iban a hacerlo ahora?

-Aunque el rey Harald fue generoso en su momento –contestó Árkhelan sin perder la serenidad-, poco a poco el territorio que ocupan los Dursmanni se les ha ido quedando pequeño. Además, sus líderes siempre se han mostrado agradecidos y obedientes a la Corona: primero al rey Harald el grande y después a su hijo, el rey Sigurd. Son un pueblo que cree en el honor y respeta la autoridad. Si les hacemos ver que la familia real necesita su ayuda y que, una vez más, su colaboración será bien recompensada, es posible que se decidan a apoyarnos.

-¿Y cómo piensas recompensarles? –preguntó Bret sin ocultar su desacuerdo.

-Ofreciéndoles más tierras –le respondió Árkhelan.

-¿Dónde? Su territorio está delimitado por el mar y las montañas –objetó Rolf.

-Nuestro país es grande, hay muchos otros lugares. El Duque de Nordland y sus aliados poseen una infinitud de tierras, seguro que habrá algún territorio que sea del agrado de los Dursmanni.

-Pero tú no tienes potestad para prometerles eso –continuó oponiéndose Bret.

-En eso tienes razón –reconoció el ex general-. Tendremos que pedir permiso a la reina y al príncipe Harald antes de realizar nuestra propuesta.

-¿Cómo lo vas a hacer?

-Están en Ingerland, ¿no? Pues alguien tendrá que ir a Ingerland para hablar con ellos –sentenció Árkhelan dejando atónita a toda su audiencia.

-¿Quién? –preguntó al fin Hank ante el silencio de los demás.

-Yo iré –dijo Erik, sorprendiéndose a sí mismo.

-De eso nada –le contradijo su padre de inmediato.

-Vosotros no podéis ir porque es probable que alguien os reconociera –argumentó el muchacho con seguridad.

-Yo te acompañaré –se ofreció Kodran.

-Y yo –añadió Gunnar de inmediato.

Árkhelan miró a Markus como pidiéndole explicaciones por lo que estaba ocurriendo.

-Yo no tengo nada que ver –repuso el cetrero divertido-, es tu hijo, es normal que se parezca a ti.

El ex general se dio la vuelta alejándose unos pasos del grupo. Erik se acercó a él, indicando a sus amigos que esperasen donde estaban.

-Podemos hacerlo –dijo el muchacho al llegar junto a su padre.

-Es muy peligroso. Ahora que hemos escapado, aumentarán los controles en todos los pasos fronterizos.

-Si no vamos nosotros, ¿quién lo hará?

-Yo.

-Eso es imposible –repuso el muchacho tajante-. Te capturarían en cuanto aparecieras por un lugar poblado. ¿Recuerdas cuando Galvián y su escudero vinieron a nuestra casa a decirnos que el rey había sido asesinado?   -Árkhelan asintió en silencio sin saber adónde quería llegar su hijo-. Entonces yo me ofrecí a ser el que reclutara el ejército, y tuve que desechar la idea porque era obvio que tu reputación hacía que tú fueras el idóneo –explicó el muchacho-. Ahora es al revés; no puedes dejarte ver porque hay mucha gente que te conoce. Nosotros, sin embargo, no somos más que tres amigos que viajan juntos.

-¿Y si ocurre algo?

-Asumiré las consecuencias de mis actos –contestó Erik con determinación repitiendo las palabras pronunciadas por su padre semanas atrás.

-¡Erik!

-Papá, no soy un niño –le espetó-. Siempre me has enseñado que debía hacer lo correcto sin detenerme ante los obstáculos; no me lo impidas ahora.

Árkhelan se quedó sin palabras.

-Tendremos cuidado –dijo el muchacho suavizando el tono-, te lo prometo.

-Eso espero –accedió al fin el ex general.

 

CAPÍTULO II

Finalmente, el plan fue aceptado por todos, también por Bret, aunque este no cesó de mostrar su poca confianza en los Dursmanni.

-Los bárbaros siempre serán bárbaros –había repetido una y otra vez.

-Y tú siempre serás un cabezota gruñón –había añadido Markus, cansado de sus protestas.

Aun así, decidieron que continuarían todos juntos al menos otras dos semanas; era preferible dejar pasar unos días para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, y con la esperanza de que el paso del tiempo llevara consigo una relajación en la seguridad de los puestos fronterizos.

Entretanto, el grupo de fugitivos no paró de moverse por las montañas. Solo de vez en cuando, se aventuraban a acercarse a alguna población para hacer algunas compras y, de paso, ponerse al día de las noticias del reino. En estas ocasiones, solían ser los muchachos los que visitaban las aldeas y poblados.

-¿Veis cómo todo vuestro trabajo en la ciudad no fue inútil? –comentó Markus una tarde después de que los chicos trajeran víveres e información.

-Ahora nos va a decir que usted ya tenía todo esto en mente cuando nos tuvo dando vueltas por la ciudad sin ningún sentido, ¿no? –repuso Kodran escéptico.

-Por supuesto –contestó el cetrero con gran aplomo.

Los muchachos se miraron divertidos, pero evitaron hacer ningún comentario al respecto.

-Así que el Duque de Nordland ha puesto precio a nuestras cabezas –intervino Árkhelan, haciendo referencia a lo que habían contado los chicos al regresar de la aldea cercana.

-Sí –contestó Erik-, cien monedas de oro por cada uno de los fugados de la prisión excepto tú, que vales trescientas monedas. Y también cien monedas por Rolf y por Markus.

-Así que me reconocieron –dijo el cetrero-. Creía que ya se habían olvidado de mí después de tantos años.

-No es tan fácil olvidarse de usted –apuntó Kodran con su sonrisa irónica.

-De nosotros no decía nada –informó Gunnar.

-¿Ves? –inquirió Erik, dirigiéndose a su padre-. Nosotros todavía no existimos.

-Yo no estaría tan seguro –objetó Markus.

-¿Qué quiere decir? –preguntó Kodran extrañado.

-Seguramente sir William ya habrá mandado un destacamento a nuestra aldea para hacer unas cuantas preguntas. Supongo que nuestros vecinos dirán lo menos posible, pero, aun así, descubrirán que Erik hace tiempo que se marchó, y es probable que también se enteren de que sus mejores amigos tampoco están en la aldea.

-Vaya –dijo el muchacho pensativo-, puede que tenga razón. No había pensado en eso.

-Y, en ese caso, ¿qué haremos? –preguntó Gunnar claramente preocupado.

-No podemos volver a la aldea, eso está claro –respondió Erik con decisión-. Pero, por lo demás, no creo que debamos preocuparnos; nadie nos conoce.

-Por si acaso –intervino Árkhelan-, de ahora en adelante, será más prudente que evitéis ir los tres juntos cuando entréis en un lugar poblado.

-¿Y cuándo vayamos a Ingerland? –inquirió Gunnar.

-Tampoco hay que exagerar –terció Erik al ver el gesto pensativo de su padre-, ni que fuéramos los tres únicos chicos que van juntos en todo el país.

-Y que deciden cruzar la frontera –apostilló Markus.

-Si tan peligroso es, iré yo solo, así no llamaré la atención –se ofreció el muchacho.

-No, solo, no –le corrigió Árkhelan-. Pero quizá sería mejor que solo le acompañarais uno de los dos –añadió mirando a Gunnar y a Kodran.

-Yo iré –repusieron los dos a la vez.

Markus miró a Árkhelan sonriente.

-Ánimo –le dijo-. Si quieres que solo vaya uno de ellos, adelante, pero creo que tendrás que ser tú el que elija… Y el que luego soporte al otro –concluyó, con una carcajada.

-¡Papá! –insistió Erik.

-Haced lo que os parezca mejor –se rindió Árkhelan-, y que sea lo que Dios quiera –añadió dándose la vuelta y alejándose del grupo.

 

Cuando ya casi habían transcurrido las dos semanas que se habían marcado como plazo de espera, los muchachos comenzaron a inquietarse ante la perspectiva de abandonar el grupo. Desde que habían salido de la aldea, siempre había habido alguien que tomara las decisiones: Markus en un principio y, durante los últimos días, Árkhelan. Ellos se habían limitado a obedecer. Sin embargo, ahora, ya no habría nadie a quien acudir si no sabían qué hacer, ni nadie que les corrigiera antes de tomar una decisión equivocada. Y, aunque delante de los demás procuraban aparentar seguridad y confianza, lo cierto era que el nerviosismo les quitaba el apetito e incluso les impedía conciliar el sueño con prontitud.

Por fin llegó el día de la separación. Mientras que el grupo tenía previsto dirigirse hacia el Este, siempre alejándose de la ciudad y de los campamentos militares, los muchachos debían encaminarse hacia el Oeste, donde fluía el río Rösendort y se encontraba el paso fronterizo.

-Cuide de Luna y Sombra –le pidió Erik a Markus al despedirse de él.

-No te preocupes.

-A lo mejor podría llevármelos.

-Sí, y también podrías escribirte en la frente que eres Erik, el hijo de Árkhelan –apuntilló el cetrero con su habitual sarcasmo.

-Vale, tiene razón –reconoció el muchacho.

-Como siempre.

Erik se limitó a sonreír.

-¿Tenéis claro cuál es el punto de encuentro? –se interesó Markus.

-Sí, dentro de tres semanas en el lugar donde fuimos a soltar a los lobos hace…

-Casi un año –le recordó el cetrero.

-Casi un año –repitió el muchacho-. Por un lado parece que fue ayer, pero han pasado tantas cosas en este tiempo –añadió pensativo.

-Tened mucho cuidado.

-Descuide –respondió el muchacho sonriendo.

Cuando se despidió de Árkhelan, este, además de insistirle en la necesidad de ser muy cuidadoso y prudente, le recordó los temas que debía tratar con la reina.

-No te preocupes, papá –le tranquilizó-, ya lo hemos hablado muchas veces y sé lo que tengo que decirle.

-Espero que acepte –dijo el ex general-. Es la única solución viable.

-Aun así, habrá que convencer a los Dursmanni.

-Es cierto, pero de eso ya nos preocuparemos a la vuelta. Dale un beso muy fuerte a Nela, a Robert y a Bera. Diles que estoy deseando volver a verles –añadió Árkhelan al borde de las lágrimas.

-Lo haré –contestó Erik y se alejó para disimular su turbación.

 

-¿Cuánto tardaremos en llegar a la frontera? –preguntó Gunnar una vez que se pusieron en camino.

-Dos días –respondió Kodran-, o, al menos, eso es lo que me ha dicho Markus.

-Dos días hasta la frontera, un día más para llegar al palacio –fue recontando el muchacho-, ¿y para la vuelta?

-Desde la frontera hasta el punto de encuentro, unos tres días, si va todo bien –contestó Erik.

-En total suman siete días de viaje –calculó Gunnar-. ¿Cuánto tiempo vamos a estar en el palacio? ¿Dos semanas?

-No estaría mal –repuso Erik recordando las comodidades de las que había podido disfrutar-, pero no creo que podamos estar tanto tiempo. Como mucho nos quedaremos cuatro o cinco días.

-Y, entonces, ¿por qué no hemos quedado en reunirnos dentro de dos semanas en vez de tres? –insistió el muchacho.

-¡Porque hay que contar con posibles contratiempos que nos retrasen, memo! –Le espetó Kodran.

-Es cierto -contestó Gunnar molesto-, se me olvidaba que esta vez no está Markus para rescatarte.

-¡No empecéis tan pronto, por favor! –interrumpió Erik suplicante.

 

Salvo las inevitables discusiones entre Gunnar y Kodran, que tanto exasperaban a Erik, no hubo ningún incidente durante los dos días de camino hasta la frontera. De no ser por la delicada misión que tenían que llevar a cabo y que tenían presente en todo momento, el viaje no hubiera sido muy distinto de las excursiones que solían hacer por los alrededores de la aldea cuando eran pequeños.

-Al final ya no hacía falta que lleváramos comida –le dijo Kodran a Erik, recordando esas salidas-, porque con lo que preparaba la madre de Gunnar había suficiente para los tres.

-Y bien que te lo comías todo –repuso el aludido.

-Porque tu madre es una excelente cocinera –reconoció Kodran-. Así has salido tú de bien criado.

-Espero que no nos pongan inconvenientes para cruzar la frontera –terció Erik deseoso de cambiar de tema.

-¿Qué vamos a decir para que nos den el salvoconducto? –preguntó Gunnar.

-Iremos por separado –respondió Erik-. Kodran y tú diréis que vais a trabajar allí hasta que acabe el invierno; hay mucha gente que lo hace aprovechando los diferentes tipos de cultivo; y yo diré que voy a visitar a unos familiares.

-¿Y nos pedirán mucha información? –inquirió Gunnar sin disimular su inquietud.

-Pues no tengo ni idea –contestó Erik con sinceridad-, la otra vez se encargó Markus de todo y, además, él conocía a varios oficiales.

-Bueno, ya veremos qué pasa –intervino Kodran.

 

Al llegar a las inmediaciones del paso fronterizo, Erik observó aliviado que había aún más actividad que en su anterior visita. El tráfico de carretas y animales de carga era casi incesante, e incluso llegaban a formarse largas colas de gente esperando para poder cruzar el paso que unía los dos reinos.

-Bien –aprobó el muchacho con optimismo-, con todo este jaleo, no creo que tengamos ningún problema. Primero iréis vosotros dos, y dentro de un rato pasaré yo.

-Pues vamos allá –dijo Kodran animando a Gunnar y a sí mismo.

Erik los vio acercarse al puesto de guardia en el que estaban los oficiales que extendían los salvoconductos. Cuando les llegó el turno a sus amigos, sintió cómo un cosquilleo recorría todo su cuerpo y la boca se le secaba por la tensión. Al parecer, el oficial que atendía a Gunnar y Kodran les estaba haciendo algunas preguntas, porque su mirada iba de uno a otro, y después tomaba algunas anotaciones en la hoja que tenía delante.

-¡Venga, hombre! –exclamó Erik entre dientes-. ¡No seas tan quisquilloso!

Aún tuvieron que pasar un par de minutos más hasta que Erik pudo respirar tranquilo, al ver cómo sus amigos se alejaban del puesto de guardia con el preciado documento en sus manos. Los tres muchachos se reunieron en una taberna algo alejada del paso fronterizo, que habían visto al llegar al poblado.

-Pues si estaba así de nervioso de veros a vosotros, qué va a ocurrir cuando me toque a mí –confesó Erik mientras bebían unas espumosas jarras de cerveza.

-Bueno, tampoco es para tanto –repuso Kodran sonriendo-. Como mucho te negarán el permiso y tendrás que volver a cruzar el río a nado.

-No estabas tan gracioso hace un rato cuando ese militar te estaba interrogando –intervino Gunnar-. Parecía que hubieras visto un fantasma: pálido y casi incapaz de hablar con normalidad. No sé cómo no se han dando cuenta.

-Porque estabas tú ahí para salvarme, gordito mío –contestó Kodran dando una palmada en la espalda a su amigo.

 

Pese a su nerviosismo inicial, Erik fue capaz de presentarse con gran aplomo ante el oficial de guardia. Explicó que sus hermanos estaban en casa de unos amigos mientras él y su padre tenían que hacer algunos viajes por razones de su trabajo; y que iba a pasar unos días con ellos para ver si todo marchaba correctamente. Ya fuera por la convicción con la que se expresó el muchacho, o bien por el cansancio de llevar horas escuchando a gentes de todo tipo, lo cierto fue que el oficial le extendió el salvoconducto sin formular ni una sola pregunta.

-Muchas gracias, señor –dijo Erik con una gran sonrisa.

-Esto es lo bueno de decir la verdad pensó el muchacho mientras se alejaba, «que estás mucho más tranquilo».

 

Una vez conseguido el permiso, no tenía por qué surgir ninguna complicación a la hora de atravesar el puente; aun así, los muchachos decidieron cruzar el paso fronterizo de uno en uno, por lo que pudiera pasar. Erik fue el último en entrar en el reino de Ingerland y, al hacerlo, se sintió aliviado de una pesada carga y le resultó mucho más sencillo avanzar.

-Y, ahora, al palacio –dijo Gunnar.

-Así es –afirmó Erik, tan feliz ante la perspectiva de volver a ver a sus hermanos, que casi ni le preocupaba la importancia de la misión que tenían encomendada.

 

Deseosos como estaban de llegar al Palacio lo antes posible, en ningún momento se plantearon la posibilidad de pasar la noche en alguna posada, y, de hecho, solo se detuvieron lo imprescindible para comer algo y permitir que sus caballos descansaran.

-¿Qué crees que dirá la reina? –preguntó Gunnar en una de estas paradas.

-No lo sé –reconoció Erik.

-Tiene que aceptar, ¿no? –intervino Kodran-. Como dijo tu padre, esta es la única manera de conseguir que el príncipe pueda acceder al trono.

-Supongo que sí –opinó Erik-, pero no creo que sea tan sencillo.

-¿Por qué? –inquirió Gunnar.

-Nosotros lo vemos muy claro porque desconocemos todas la complicaciones que eso puede suponer para la corona.

-¿Complicaciones?

-Sí –se explicó Erik-. No voy a ser yo el que le ponga pegas al plan, pero estoy seguro de que esto va a llevar su tiempo y bastantes quebraderos de cabeza.

-Si tú lo dices –cedió Gunnar.

Afortunadamente para los muchachos, al ponerse el sol, el firmamento se cubrió de estrellas, presididas por una gran luna llena, que, con su resplandor, les permitieron finalizar su viaje a buen ritmo.

Al entrar en la ciudad, las calles estaban prácticamente desiertas. Aunque no era demasiado tarde, ya habían pasado varias horas desde que habían cerrado los comercios, y los lugareños se resguardaban del frío en sus casas o en alguna taberna. Erik recordaba bien el camino hasta el palacio y guió a sus amigos sin necesidad de pararse a preguntar.

El portalón de acceso al castillo estaba cerrado, pero se distinguía a varios guardias vigilando desde lo alto de la muralla. Erik desmontó de Darko y avanzó unos pasos para que le pudieran ver sin problemas.

-¿Quién va? –preguntó uno de los centinelas.

-Buenas noches –respondió el muchacho algo cohibido-, necesitamos entrar para hablar con la reina. -Inmediatamente se escucharon algunas risas en lo alto de la muralla. Erik, comprendiendo la torpeza de su proposición, sonrió y volvió a tomar la palabra-. Mi nombre es Erik Winterberg, soy hijo de Árkhelan, ex general de la guardia del rey Sigurd de Altenbruk, y traigo un mensaje para la familia real. Pueden preguntarle al general Galvián para que les confirme lo que les acabo de decir.

En esta ocasión, el oficial de guardia pareció tomarle más en serio.

-Esperad ahí –les indicó.

Erik volvió junto a sus amigos.

-«Venimos a hablar con la reina» –dijo Kodran en tono burlón-. Claro, muchacho, cómo no lo has dicho antes, pasa y le decimos que venga –continuó representando con voz grave-. ¿Quieres tomar algo mientras tanto? ¿Una cerveza o mejor un buen vaso de vino?

-Sí, la verdad es que no ha sido una frase muy brillante –repuso el muchacho riendo de buena gana.

-No te preocupes –le tranquilizó Gunnar-, Kodran no lo hubiera hecho mejor.

-Eso es cierto –reconoció el aludido.

No tuvieron que esperar demasiado. A los pocos minutos, escucharon un fuerte crujido al que le siguió el chirriar de las cadenas, mientras bajaba el puente levadizo que les permitiría cruzar el foso y entrar en el castillo.

Los muchachos observaron esta operación con curiosidad, mientras se preguntaban si deberían cruzar directamente o esperar a que alguien saliera a su encuentro. La respuesta a esta cuestión apareció al otro lado del puente: Galvián en persona había acudido a recibirles y miraba a los muchachos con una mezcla de curiosidad y preocupación.

-Erik –dijo sin más ceremonias-, no esperaba volver a verte tan pronto. ¿Ha ocurrido algo malo?

El muchacho sonrió al comprender que las noticias de la fuga aún no habían llegado a Ingerland. Sin entrar en detalles, le explicó lo acontecido en las semanas transcurridas desde su anterior estancia en el palacio.

-¡Lo conseguisteis! –exclamó Galvián sin ocultar su alegría-. No me lo puedo creer. Cuando me dijisteis lo que ibais a hacer pensé que era una locura, pero ya veo que estaba equivocado.

-No se crea –comentó Erik sonriendo-, la verdad es que sí que ha sido una locura, pero nos ha salido bien.

-Tenemos que informar a la reina enseguida –repuso Galvián-, no te imaginas lo preocupada que está por vosotros.

El muchacho asintió y, acto seguido, formuló la pregunta que estaba deseando hacer desde que había llegado.

-¿Cómo están mis hermanos?

Galvián sonrió abiertamente.

-Muy bien. Os echan de menos a ti y a tu padre, pero, por lo demás, me parece que están disfrutando de su estancia aquí. Ahora lo comprobarás tú mismo –añadió en tono jovial-; puedes ir a saludarlos mientras aviso a la reina y tus amigos se instalan en sus habitaciones.

-De acuerdo, muchas gracias –accedió encantado.

 

Mientras caminaban por los suntuosos pasillos, Erik se percató de que parecía haber aún más guardias que en su visita anterior.

-El rey Kirsten y su familia se encuentran en palacio –explicó Galvián adivinando los pensamientos del muchacho-. Seguramente él también querrá hablar con vosotros.

-Será un placer –repuso Erik divertido por la actitud de sus amigos, que caminaban mirando hacia todas partes, intimidados por la majestuosidad de todo lo que les rodeaba.

-¿Has visto? –le dijo Gunnar cuando se quedaron solos en una salita-. ¡Todo esto es increíble!

-Sí –comentó Kodran-, no había visto nada igual.

-Ya os acostumbraréis –dijo Erik sonriendo.

Casi de inmediato, apareció Galvián escoltado por dos sirvientes que debían acompañar a Gunnar y a Kodran hasta sus habitaciones.

-Puedes ocupar la misma habitación de la vez pasada –le informó el militar-. Tus hermanos siguen ocupando las suyas y, si no me han engañado, se encuentran allí ahora mismo. ¿Sabrás llegar o quieres que llame a alguien para que te enseñe el camino?

-No se moleste –agradeció el muchacho-, me acuerdo perfectamente.

-No creo que la reina pueda recibiros hasta dentro de un rato, ya os avisaré.

-Muchas gracias –dijo Erik, esforzándose por no correr.

Pese a su intención de guardar las apariencias, el muchacho terminó subiendo los escalones de dos en dos. Solo había pasado un mes desde que se había despedido de ellos, pero, aparte de que nunca había estado tanto tiempo lejos de su familia, la noticia de la liberación de su padre le bullía en el pecho, ansiosa de ser transmitida cuanto antes.

Al llegar al pasillo en el que se encontraban las habitaciones de sus hermanos, se detuvo unos instantes para recuperar el aliento. Después, llamó a la puerta del dormitorio de Nela y agudizó el oído. De inmediato, se escucharon unos pasos ágiles avanzando por el cuarto. El muchacho retrocedió de forma instintiva, aguardando a que se abriera la puerta.

-¿Sí…? –comenzó a decir Nela distraída-. ¿¡Erik!? –gritó después, al reconocerle. Sin ocultar sus emociones, la muchacha se arrojó sobre su hermano abrazándolo con fuerza. Erik correspondió al abrazo mientras sentía la felicidad recorrer su cuerpo-.Pero ¿estás aquí? –dijo Nela aturdida sin acabar de comprender-. Pensaba que no volverías hasta…

-Sí, yo también –reconoció el muchacho-, pero ha habido un cambio de planes. Papá nos ha encomendado una misión; tenemos que hablar con la reina.

-¿¡Papá!?

-Lo conseguimos, Nela. Lo rescatamos, y no solo a él, también a otros ocho prisioneros.

La sonrisa de Erik se ensanchó al ver la expresión de sorpresa y felicidad de su hermana.

-¡Erik! ¿¡De verdad!?

-De verdad.

-¡Oh, Dios mío! ¡Es…!

-¿Erik? –preguntó una voz en el pasillo. Aunque habían entrado en la habitación de Nela, la puerta había permanecido abierta todo el tiempo. El muchacho se asomó, encontrándose frente a frente con su hermano Robert, descalzo y en pijama.

-Hola, hermanito –le saludó cariñoso-. Has crecido.

-Os he oído y enseguida he reconocido tu voz, pero como la reina dijo que tardarías mucho más en volver…

Acto seguido, Nela se apresuró a explicarle a Robert la buena noticia de la liberación de su padre.

-¿Y él también va a venir? –preguntó el pequeño con la ilusión reflejada en el rostro.

-Sí, dentro de un tiempo –contestó Erik-. Ahora mismo es demasiado peligroso. Lo importante es que papá está bien. Me pidió que os transmitiera todo su cariño y os dijese que os echa de menos. Pero ¿dónde se ha metido la renacuaja? –exclamó de repente.

-¿Bera? –preguntó Nela divertida-. Debe de estar durmiendo. Como no para en todo el día, en cuanto se mete en la cama pierde el sentido.

-Pues, sintiéndolo mucho, voy a despertarla –anunció el muchacho levantándose-. Esperadme aquí, ahora la traeré.

Sigilosamente, Erik entró en la habitación de la pequeña. Dejó la puerta entreabierta para que se filtrara algo de claridad del exterior. En la penumbra, conseguía adivinarse la elegante cama adornada con sábanas de gran colorido. Bera solo ocupaba una pequeña porción del lecho, y su figura se confundía con los pliegues de las mantas. En el silencio absoluto del dormitorio, podía escucharse la tranquila respiración de la pequeña. Erik se acercó sin hacer ruido y la observó unos instantes poniéndose de cuclillas: unos mechones de pelo rubio ocultaban parte del rostro inocente de la chiquilla. Su piel, tan clara y tersa como siempre, estaba tintada por un tenue rubor que le daba un aspecto angelical.

-Despierta, bichejo –susurró Erik besándola con cuidado. La pequeña apenas movió los párpados-. Bera –volvió a intentarlo el muchacho elevando ligeramente el tono de voz.

En esta ocasión, Erik consiguió ver los ojos verdes de su hermana mirándole con extrañeza.

-¿Eres tú? –preguntó como saliendo de un sueño.

-Creo que sí –respondió el muchacho. -Sin embargo, la pequeña, que aún no se había despertado del todo, volvió a cerrar los ojos, pensando, seguramente, que se trataba de un simple sueño-. ¡No me lo puedo creer! –exclamó Erik divertido, alzando un poco la voz-. Me recorro medio país para venir a verte y no me haces ni caso.

Estas palabras surtieron efecto; Bera abrió completamente los ojos y miró a su hermano con la alegría dibujada en el rostro.

-¡Erik! –dijo, estirando los brazos.

-¡Ven aquí, preciosa! –Se rindió el muchacho alzándola por los aires.

Bera abrazó a su hermano con fuerza, bañando el rostro del muchacho con sus largos cabellos.

-Te he echado mucho de menos –reconoció la pequeña en tono lastimero.

-Y yo a ti, pero ¿sabes qué? Ha valido la pena porque, ahora, papá ya está libre y, aunque no ha podido venir –se apresuró a aclarar al ver la expresión de alegría de su hermana-, pronto volveremos a estar todos juntos.

-¿Y volveremos a casa?

-Claro, pero ¿no estás bien aquí?

-Sí, estamos muy bien –reconoció la niña-, pero echo de menos mi cuarto y a mis amigas…

-Vale, vale. –rió Erik-, pero eso tendrá que esperar un poquito más, ¿de acuerdo?

-Sí –aceptó Bera de buen grado.

Erik llevó a la pequeña en brazos al dormitorio de Nela. Una vez allí, los cuatro hermanos intercambiaron noticias alegremente hasta que vinieron a avisar a Erik de que la reina le estaba esperando.

-Mañana seguiremos –dijo el muchacho al despedirse-, que descanséis.

-Buenas noches –respondieron los tres a la vez.

Al llegar a la planta baja, Erik se encontró con Gunnar y Kodran que le estaban esperando.

-¿Qué tal? –preguntó este último.

-Muy bien. Aunque no me ha dicho nada, porque estaban Robert y Bera delante, me parece que Nela está deseando verte.

Kodran enrojeció sin poder evitarlo, para regocijo de Gunnar, que soltó una sonora carcajada.

-Su majestad les espera –anunció un sirviente vestido con una exquisitez deslumbrante.

-Gracias –contestó Erik disponiéndose a entrar al gran salón.

-Hablas tú –le indicó Gunnar en un susurro mientras le agarraba el brazo con fuerza.

-No te preocupes –le tranquilizó el muchacho.

Al entrar en la estancia, Erik no pudo menos que recordar su primera audiencia con la reina, y el cariño con el que esta los había tratado.

-A ver qué dice cuando escuche lo que tengo que proponerle –se dijo para sus adentros.

La reina se levantó al verlos llegar, y avanzó unos pasos hacia los tres muchachos. Kodran y Gunnar se sobresaltaron ligeramente ante esta deferencia, sin saber muy bien cómo debían obrar.

-Erik, me alegro tanto de que hayas regresado –exclamó la reina abrazándolo sin ceremonias.

-Majestad –comenzó a decir el muchacho, apabullado por la amabilidad de la monarca-, le agradecemos que nos reciba tan pronto y yo, especialmente, le agradezco los cuidados que ha tenido con mis hermanos.

-Tus hermanos son encantadores y es un placer tenerlos con nosotros. Soy yo la que tiene que daros las gracias por todo lo que estáis haciendo por la corona a riesgo de vuestras vidas. Galvián me ha informado de que habéis conseguido rescatar a tu padre. No puedes imaginar la alegría que me ha dado esta noticia. Lo que habéis logrado es una hazaña inigualable, jamás hubiera pensado que unos muchachos fueran capaces de hacer lo que habéis hecho.

-Bueno, la verdad es que hemos tenido bastante ayuda –repuso Erik-. Ha sido todo gracias a Markus y…

-No dudo del gran papel que habrá desempeñado Markus –le interrumpió la reina-, pero eso no os quita merito alguno. Disculpadme –añadió de repente fijándose en los dos muchachos que se escondían tras Erik-, aún no os he preguntado vuestros nombres.

-Yo soy Kodran, majestad.

-Mi nombre es Gunnar, majestad.

Los muchachos acompañaron sus palabras con una reverencia, logrando así disimular su turbación.

-Kodran, Gunnar y Erik, es un honor para mí poder acogeros en este palacio. Ojalá pudiera hacerlo en el nuestro –añadió bajando el tono-, pero las circunstancias no son las que nos gustarían. Afortunadamente, mi hermano, el rey Kirsten, nos ha brindado su ayuda en todo momento. Ha sido informado de vuestra llegada y sé que mañana os recibirá. Conoció a Árkhelan cuando era general de la guardia del rey, y se ha alegrado mucho de su liberación.

-Majestad –se atrevió a decir Erik-, nuestra visita aquí no tiene solo el propósito de informaros del rescate de mi padre y del resto de prisioneros, hay algo que debemos transmitiros.

-¿Puede esperar a mañana?

-Sí.

-Pues así será, habéis hecho un viaje muy largo y debéis estar agotados. Ya os he entretenido demasiado tiempo. Mañana os haré llamar, que descanséis –añadió en tono cordial.

-Gracias, majestad –se despidieron los muchachos con una nueva reverencia.


PRIMER CAPÍTULO DE “EL EJÉRCITO EN LA SOMBRA”

Aquí os pongo el inicio de la segunda parte de “Erik, Hijo de Árkhelan”. Espero que os guste.

Advertencia: En estas primeras líneas se alude a algún hecho importante del libro anterior. Así que, si no te has leído “El Amanecer del Guerrero”, quizá no deberías seguir leyendo… o sí, tú verás.

Pronto pondremos también el segundo capítulo… Y ya no podremos poner más. Pero en octubre lo tendréis a vuestra disposición.

Y, sin más preámbulos:

CAPÍTULO I

Erik abrió los ojos pero no se movió. Tardó unos segundos en recuperar del todo la conciencia, los suficientes para acostumbrarse a la penumbra de la habitación y comenzar a distinguir lo que le rodeaba. Robert dormía en la cama de al lado, respirando profundamente.

«Parece mentira que un niño de nueve años sea capaz de hacer tanto ruido», pensó Erik, aunque lo cierto era que ya se había acostumbrado a sus ronquidos y no le molestaban al dormir.

Dispuesto a aprovechar las últimas horas de sueño, el muchacho dio un par de vueltas sobre sí mismo y cerró los ojos. En ese mismo instante, escuchó el crujir de unas ramas en el exterior de la casa. Sobresaltado, se levantó sin hacer ruido, avanzó lentamente hacia la ventana, y se asomó, escudriñando la oscuridad. La claridad de la luna le permitió distinguir unas figuras que se movían entre los árboles. No sabía de quiénes podría tratarse pero, de lo que sí que estaba seguro, era de que se dirigían hacia la casa. Pendiente como estaba de lo que ocurría fuera, no se percató de la nueva presencia que había entrado en la habitación hasta que sintió una mano en su hombro. Se volvió bruscamente, dispuesto a defenderse, y se encontró con el rostro de su padre. Árkhelan, con un dedo en los labios ordenándole silencio, le indicó que le siguiera.

Una vez fuera de la habitación, Erik se atrevió a hablar en voz baja.

―¿Quiénes son?

―No lo sé, pero pronto lo averiguaremos ―respondió Árkhelan mientras cogía la espada y su ballesta.

Erik imitó a su padre y tomó sus armas. Sigilosamente, salieron por la puerta de atrás para evitar ser vistos. Rodearon la casa y se parapetaron tras unos barriles desde los que podían ver el acceso a la puerta principal.

En el silencio de la noche, fueron capaces de escuchar con claridad el sonido de unos pasos cautelosos sobre la arena. Desde su escondite, padre e hijo vigilaban conteniendo la respiración. Los últimos metros hasta la casa estaban desprovistos de árboles por lo que, quien quisiera llegar hasta ella, tendría que salir al descubierto, y así ocurrió.

De entre la arboleda, emergieron dos misteriosos personajes, que avanzaron mirando hacia todas partes, como temerosos de ser descubiertos. Los extraños iban completamente envueltos en sus capas. De las capuchas que ocultaban sus rostros emanaban pequeñas nubes de vaho al ritmo de su respiración. Era una noche fría, Erik sintió cómo se le entumecían las manos y se apresuró a cargar su arco antes de que le resultara más costoso. Miró a su padre, esperando instrucciones. Árkhelan colocó una flecha en la ballesta y tensó la cuerda procurando no hacer ruido. Cuando estuvo preparado, hizo un gesto con la cabeza a su hijo y ambos se incorporaron a la vez, apuntando a los extraños con sus armas.

―¡Alto! ¿¡Quién va!? ―preguntó Árkhelan con voz potente. Los dos extraños, sorprendidos a mitad de camino entre la casa y los árboles, retrocedieron unos pasos sobresaltados―. ¡Quietos!

―¿¡Árkhelan!? ―preguntó uno de los encapuchados.

―¿Quién eres?

―Árkhelan, soy yo ―respondió el interpelado mientras descubría su rostro―: Galvián.

Una vez dentro de la casa, Árkhelan, como buen anfitrión, se preocupó de que sus invitados estuvieran lo más cómodos posible antes de disponerse a escuchar el motivo de su intempestiva visita. Erik, dudando de la oportunidad de su presencia, se dirigió hacia su habitación pero, antes de llegar a abrir la puerta, Galvián le rogó que se quedara con ellos. Cuando el muchacho tomó asiento, Árkhelan miró a sus huéspedes invitándoles a comenzar su narración. Galvián respiró profundamente y empezó a hablar:

―Mi escudero, Konrad, y yo hemos cabalgado casi sin descanso durante las últimas treinta horas y continuaremos nuestro viaje en cuanto os hayamos informado de los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos días. ―Tras una breve pausa y sin elevar el tono de voz, Galvián continuó su relato―: Como sabéis, he ocupado el cargo de general de la guardia real desde el día en que tú ―dijo dirigiéndose a Árkhelan― renunciaste a él, hace ya ocho años. En este tiempo, han llegado a mi conocimiento diferentes estratagemas de Sir William, Duque de Nordland y hermano del rey, destinadas a aprovechar su posición privilegiada para aumentar su fortuna y posesiones. Todavía está reciente la absurda campaña en tierras del norte que tantas vidas costó a nuestro ejército y que solo ha servido para aumentar el odio de los bárbaros hacia nuestro reino. ―Estas palabras despertaron antiguos sentimientos en Erik, que había intentado olvidar el ataque sufrido hacía tan solo ocho meses. Aún había noches en las que se despertaba angustiado, recordando algunos de esos instantes de terror―. La campaña fue un desastre: los nobles y ricos mercaderes, que tanto habían presionado al rey a través del Duque de Nordland para que le llevara a cabo, perdieron todo lo que habían invertido sin conseguir nada a cambio. Algunos fuimos tan ingenuos como para creer que este fracaso haría desistir a Sir William de seguir interviniendo en los asuntos de la corona, pero nos equivocamos… ―Al llegar a este punto, el general de la guardia real se detuvo y clavó sus ojos en el fuego que caldeaba la habitación―. Sabíamos que era un hombre ambicioso ―continuó a media voz― pero en ningún momento se nos pasó por la cabeza que su ambición fuera tan desproporcionada como para llevarle a planear el asesinato de su propio hermano.

―¿¡Cómo!? ―preguntaron Erik y Árkhelan a la vez.

―¿El rey ha sido…? ―comenzó a decir el muchacho.

―Asesinado ―concluyó Konrad, que hasta entonces había permanecido en silencio.

―¡No es posible! ―exclamó Árkhelan sin poder esconder su desconcierto―. ¿Cómo?

―Apuñalado mientras dormía ―explicó Galvián.

―¡Eso no puede ser! ¡La guardia real vigila las habitaciones del rey y de su familia! ―repuso Árkhelan.

―También murieron los dos soldados que hacían guardia ―aclaró Konrad.

―No es tan sencillo…

―¿Entrar en el palacio real? ―intervino Galvián―. Es prácticamente imposible a no ser que se cuente con ayuda en el interior.

―¿El Duque de Nordland? ―preguntó Erik tímidamente.

―Exacto.

―¿Cómo puedes estar tan seguro? ―preguntó Árkhelan―. No siento ninguna simpatía por Sir William, pero de ahí a acusarle de conspirar contra la vida de su hermano…

―Tenemos pruebas ―le interrumpió Galvián.

―Así es ―corroboró Konrad.

―¡Explícate! ―le pidió Árkhelan.

En el momento en el que Galvián se disponía a hablar, se escuchó un ruido proveniente de la habitación de las chicas.

―Iré a ver ―dijo Erik levantándose de un salto y dirigiéndose al dormitorio.

Abrió la puerta con cuidado y entró sin hacer ruido. Enseguida percibió un ligero gimoteo y distinguió un pequeño bulto a los pies de una de las camas. Se acercó cuidadosamente y, poniéndose de cuclillas acarició con suavidad el rostro de su hermana pequeña.

―¿Qué ha pasado? ―le preguntó en un susurro.

―Me he caído ―respondió Bera llorosa.

―¿Erik? ¿Qué haces aquí? ―inquirió Nela incorporándose ligeramente.

―No te preocupes, no pasa nada ―la tranquilizó el muchacho―, Bera se ha caído de la cama pero está bien.

―No me extraña que se caiga, no para de moverse de un lado a otro ―comentó Nela aún adormilada. La muchacha miró hacia la puerta de la habitación y, al distinguir la cálida luz del fuego y las voces que llegaban desde allí, miró a su hermano con cierta alarma―. ¿Quién está ahí, Erik? Todavía no ha amanecido. ¿Quién ha venido a estas horas?

―Son unos amigos de papá, ya te lo explicaré mañana. Ahora seguid durmiendo ―respondió el chico mientras arropaba con cuidado a la pequeña.

―Pero…

―¡Nela, por favor! ―le interrumpió Erik.

La muchacha no insistió, conocía suficientemente a su hermano como para saber que no actuaba por capricho.

―Pues entonces, hasta mañana ―concluyó recostándose.

―Hasta mañana ―respondió Erik y, volviéndose hacia la pequeña, que dormía profundamente, se agachó y la besó―. Hasta mañana, bichejo ―añadió en un susurro.

Se dispuso a salir de la habitación pero, antes de llegar a la puerta, se detuvo. Sintió como si al volver donde le esperaban su padre y los dos visitantes fuera a cruzar una línea invisible entre la calma y la guerra. Allí, en el dormitorio de sus hermanas, no había preocupaciones ni problemas, pero en la sala de al lado… Tras unos segundos, abrió la puerta que había dejado entornada y salió de la habitación.

―¿Va todo bien? ―inquirió Árkhelan.

―Sí ―respondió Erik sin dar más explicaciones.

―Galvián y Konrad me han contado cuáles son las razones que les hacen pensar que el Duque de Nordland está implicado en el asesinato del rey. Aunque son bastante convincentes, no servirán para demostrar nada, ya que se basan en una conversación que Konrad escuchó casualmente entre Sir William y uno de sus lacayos sin que se dieran cuenta.

―¿Entonces…? ―comenzó a decir el muchacho.

―Como ha dicho tu padre ―intervino Galvián―, nuestras pruebas no son válidas delante de un tribunal; sería la palabra de Konrad contra la del Duque de Nordland, y es evidente a quién le darían la razón. Pero eso no significa que debamos quedarnos de brazos cruzados y permitir que ese sucio conspirador haga lo que le venga en gana para conseguir sus objetivos.

―¿Y qué vais a hacer? ―preguntó Erik.

―Lo que ya estamos haciendo ―respondió inmediatamente Galvián―. En primer lugar, informar a los antiguos miembros de la guardia real y a otras personas leales al rey de lo que ha ocurrido, antes de que Sir William extienda su versión de los hechos por todo el reino. Después de esto, nuestra única misión será velar por la seguridad de la familia real, especialmente por la del príncipe Harald.

―¿Creéis que están en peligro? ―volvió a intervenir Erik.

―Con la muerte del rey, la corona debería pasar a su hijo primogénito pero, como el príncipe aún es menor de edad, no puede ser coronado. Así que la responsabilidad del gobierno recaerá sobre el siguiente en la línea de sucesión.

―¡El Duque de Nordland! ―dijo Árkhelan con desprecio.

―Sí, aunque solo hasta que el príncipe Harald llegue a la mayoría de edad.

―Dentro de ocho meses ―aclaró Konrad―. Pero, tal y como están las cosas, es casi seguro que Sir William hará todo lo posible para no tener que ceder la corona a su sobrino.

―¡Eso no puede ser! ―exclamó Erik.

―Ya ha asesinado a su hermano, no creo que tenga muchas dificultades para hacer lo mismo con el príncipe Harald ―intervino Galvián―. Por eso tenemos que protegerlo.

―¿Y cómo vais a hacerlo? ―inquirió Árkhelan.

―Alejándoles del peligro a él y a su familia. Nos los llevaremos a Ingerland. El rey Kirsten es hermano de la reina Alexandra; él podrá acogerles y garantizar su protección.

―¿¡Vais a hacer que la familia real abandone el país!? ―preguntó Árkhelan incrédulo.

―Es el único modo de protegerlos ―razonó Konrad.

―Pero no es tan sencillo, ¿no? ―dijo Erik―. Es decir, si el Duque de Nordland ha dirigido la conspiración para asesinar al rey y así ocupar el trono y, además, va a tener que hacer lo mismo con su sobrino para no cederle la corona, no creo que le guste mucho la idea de que la reina Alexandra y sus tres hijos se vayan al reino de Ingerland hasta que llegue el momento en que el príncipe Harald ocupe el trono de su padre, ¿no crees?

―Por supuesto ―respondió Konrad―, por eso tendremos que hacerlo en secreto y lo más rápidamente posible.

―¿Y qué opina la reina el respecto? ―se interesó Árkhelan.

―Está sufriendo mucho ―dijo Galvián con tristeza―. Amaba profundamente al rey y perderlo así… Ha sido un duro golpe para ella, pero es una mujer fuerte e intenta sobreponerse. Le informé sobre el papel de Sir William en el asesinato del rey, me dio la impresión de que no le sorprendía demasiado. Nunca ha sentido un gran aprecio por el Duque de Nordland, consciente de su ambición y de su envidia. Le expliqué mi plan y las razones que lo motivaban; no le gustó la idea de marcharse dejando el gobierno en manos de Sir William, ni tener que involucrar a su hermano y al reino de Ingerland, pero comprendió que era por el bien de sus hijos y también del país. El príncipe Harald no podrá prestar ningún servicio al reino de Altenbruk  si lo asesinan. Tendremos que prepararnos para el día en que pueda reclamar la corona; Sir William no la cederá voluntariamente.

―¿Prepararnos? ¿Cómo? ―preguntó Erik.

―Ahí es donde entráis en juego vosotros ―aclaró Galvián con una leve sonrisa―. Varios oficiales de la guardia real, junto con Konrad y conmigo, permanecerán en Ingerland cuidando de la reina y su familia. Entretanto, vosotros y otras personas debéis preparar el terreno para cuando llegue el momento de la coronación del príncipe Harald. Habrá que reclutar un ejército en la sombra que dé la cara cuando sea necesario. Es una misión complicada pero ineludible.

―¡Un ejército en la sombra! ―repitió Árkhelan sorprendido.

―¿Podremos contar con vosotros? ―preguntó Galvián clavando los ojos en su amigo.

Erik miró a su padre en silencio. La misión que les estaban encomendando no solo era difícil, también era muy arriesgada. Si todo lo que les habían contado era cierto, una vez que la familia real abandonara el país, Sir William asumiría el gobierno y, por lo poco que sabía de él, se encargaría de erradicar hasta el más mínimo brote de rebelión. Si eran descubiertos, les acusarían de traicionar a la corona y lo pagarían con sus vidas, no le cabía la menor duda.

―Cuenta conmigo ―respondió finalmente Árkhelan.


CAPÍTULO I DE “EL AMANECER DEL GUERRERO”

CAPÍTULO I

La mañana era fría, igual que las últimas mañanas. El invierno había acabado, pero la nieve seguía cubriendo el suelo y las hojas de los árboles. El agua del río transportaba alguna que otra lámina de hielo que, poco a poco, se iba deshaciendo al chocar contra las rocas o al caer por una de las pequeñas cascadas.

Erik salió de su casa dispuesto a dar de comer a las gallinas, que no se atrevían a salir de su gallinero. Sólo había avanzado unos metros cuando escuchó unos pasos apresurados a su espalda. Al volverse vio con sorpresa a Kodran y a Gunnar, que corrían hacia él. Se detuvo y saludó a sus amigos.

-Buenos días, ¡habéis madrugado! ¿Qué os trae por aquí tan temprano?

-Buenos días, Erik –dijo Gunnar intentando recuperar el aliento-. Tienes que acompañarnos, necesitamos tu ayuda.

-¿Mi ayuda? ¿Para qué? –preguntó-. ¿Ha ocurrido algo?

-¿¡Aún no te has enterado!? –intervino Kodran-. Todo el pueblo lo está comentando. Durante los últimos días, el viejo Styrmir había visto un lobo merodeando por los alrededores de su granja. Se lo dijo a Olaf y éste puso varias trampas por la zona. Ayer por la tarde el lobo cayó en una de ellas y Olaf lo remató clavándole una flecha en el corazón.

-¿¡Un lobo!? Pero si aquí no hay lobos –objetó Erik-. Hace muchos años que las manadas dejaron estas montañas y se fueron hacia el sur. Además, ¿cuándo se ha oído decir que un lobo ataque solo y a plena luz del día habiendo personas cerca? ¿Estáis seguros de que no lo habéis entendido mal? Seguramente habrá sido algún perro salvaje, un zorro u otra alimaña; y el pobre Styrmir estaría tan asustado que lo habrá confundido con un lobo. ¿Y Olaf? Estará fanfarroneando, como siempre.

-Te equivocas –insistió Kodran-, fue un lobo. Lo hemos visto con nuestros propios ojos. Olaf llevó su cuerpo al pueblo para enseñárselo a todo el mundo. Dice que va a hacerse un gorro con su piel y un collar con sus colmillos.

-¡Una jaula es lo que habría que hacer para esa comadreja y encerrarlo allí hasta que aprendiera a comportarse como un hombre! –respondió Erik visiblemente enfadado.

Olaf era conocido en el pueblo por emplear todo tipo de trucos y trampas para cazar, sin importarle que la presa fuera un cachorro o que sus trampas destrozaran los huesos de los animales que caían en ellas. Erik entendía la caza como una cuestión de honor y supervivencia, un combate entre el cazador y la presa en el que había que desplegar todas las habilidades para merecer la recompensa

-¿Y para qué necesitáis mi ayuda? –preguntó con cierta brusquedad.

-Queremos ir en busca de los demás lobos –dijo Gunnar-. Como tú has dicho, hace mucho que dejaron estas montañas y si los lobos han vuelto, queremos ser los primeros en encontrar una manada.

Erik le miró incrédulo.

-¿Queréis ir a buscar una manada de lobos? ¿Y qué haréis si la encontráis? ¿Celebrar un banquete de bienvenida?

-No, tan sólo observarlos y luego marcharnos –dijo Kodran-. ¡Vamos, Erik! ¿Qué te pasa? Desde que éramos unos niños hemos estado escuchando historias sobre lobos, siempre hemos deseado ver una manada y ahora tenemos la oportunidad. Tú eres un buen rastreador y siempre has tenido un don especial para tratar con los animales.

-Por eso soy amigo vuestro –comentó el muchacho sonriendo.

-¡Estoy hablando en serio! Gunnar y yo vamos a ir, puedes venir con nosotros o quedarte aquí todo el día. A la vuelta te contaremos lo que hemos visto y entonces te arrepentirás.

-Está bien -cedió Erik-, os acompañaré, pero sólo para asegurarme de que no os perdéis en el bosque. No creo que haya ninguna manada por aquí, seguramente el lobo que cazó el canalla de Olaf estuviera solo y por eso estaba tan desesperado como para atacar una granja. Así que pasaremos el día rastreando el monte, pasando frío y volveremos a casa con los pies húmedos y sin haber visto ni un sólo lobo ni nada que se le parezca. Y, sinceramente, casi mejor si no encontramos nada, porque no me gustaría servirles de aperitivo. Esperad, voy a decírselo a mi padre.

-¿¡Vas a decírselo a tu padre!? –preguntó Gunnar aterrorizado.

-Alguien tendrá que encargarse de cuidar de los animales si yo estoy fuera –respondió Erik-. No querrás que desaparezca sin más.

-No se te ocurra contarle a lo que vamos. Como mis padres se enteren me matan –advirtió Gunnar.

-Sí, es cierto –admitió Kodran-, a mis padres tampoco les haría mucha gracia. Así que no le digas que vamos a buscar una manada de lobos, ¿vale?

-Tranquilos, le diré la verdad; que vamos a pasar el día en la montaña observando lo bonito que está el bosque después del invierno –concluyó Erik.

 

-¿Por qué habrán vuelto los lobos? –preguntó Gunnar mientras aceleraba el paso para no quedarse atrás. Hacía ya más de una hora que se habían adentrado en el bosque y, de momento, no habían encontrado ningún rastro a seguir. Erik marchaba en cabeza marcando un ritmo fuerte. Desde niño se había sentido atraído por la naturaleza, le gustaba pasar largos ratos paseando solo por el bosque, descubriendo nuevas plantas y observando las diferentes criaturas que lo habitaban. Hubo incluso quien llegó a decir que era capaz de hablar con los animales. Leyendas aparte, lo cierto era que poseía el don de saber ganarse su confianza y les mostraba un gran respeto.

Ante la falta de respuesta, Gunnar insistió – ¿no me has oído?

-Claro que te oigo, Gunnar –respondió Erik en voz baja-, es imposible no hacerlo. No has parado de hablar desde que hemos salido, has pisado todas y cada una de las ramas que había en el camino y vas chocando contra los árboles como si fueras un oso intentando espantar a un enjambre de abejas. No sé si los lobos han vuelto o no –continuó Erik sonriendo-, de lo que sí que estoy seguro es que no los encontraremos si seguimos haciendo tanto ruido.

-¿Que tal si paramos un poco? –intervino Kodran-. No me vendría mal un pequeño descanso.

-De acuerdo –asintió Erik-. Vamos a ver qué llevas en la bolsa Gunnar, que con las prisas no he podido ni desayunar.

-Yo he cogido lo primero que he visto mientras salía de casa; algo de queso, pan, fruta… bueno, y más cosas. Sírvete tu mismo –dijo mientras le pasaba su zurrón a Erik.

-Caramba, con razón te costaba mantener el ritmo mientras andábamos, has traído comida para alimentar a todo un poblado.

-Con la comida no se juega, ¿verdad Gunnar? –dijo Kodran sonriendo, mientras se acercaba a Erik para inspeccionar el contenido de la bolsa-. ¿Y esto es lo primero que has visto? Me gustaría ver lo que hubieras cogido si te hubiera dado más tiempo.

Los tres amigos comieron en silencio disfrutando de la tranquilidad del bosque. El sol se filtraba entre las hojas de los árboles. Una ardilla curiosa contemplaba la escena desde una rama y varios pájaros buscaban algún insecto que les sirviera de desayuno, sin prestar mayor atención a los intrusos. De repente, un aullido desesperado rompió la quietud del momento y heló la sangre de los chicos. Erik se puso en pie de un salto cogiendo su arco instintivamente. Al aullido le siguieron gruñidos y otras señales de lucha. El ruido procedía de algún lugar cercano un poco más elevado.

-¡Era cierto! ¡Hay lobos! –dijo Erik en un susurro mientras se encaminaba sigilosamente hacia el origen de los ruidos.

-¿Ves? –protestó Kodran también en voz baja-. Y ahora ¿qué hacemos?

-¿Cómo que qué hacemos? ¿No queríais verlos? Pues ahora tenéis la oportunidad. Ese aullido ha sonado muy cerca, no pueden estar a más de trescientos o cuatrocientos metros de aquí. Nos aproximaremos sin hacer ruido hasta un lugar desde el que podamos verlos y rezaremos para que no nos huelan.

-¿Estás seguro de que no es peligroso? –dijo Gunnar con voz apenas audible-. Quizá lo de venir en busca de los lobos no haya sido tan buena idea.

Erik se detuvo en seco. Seguía mirando hacia delante, así que no podían ver su expresión.

–Tienes razón, Gunnar, es muy peligroso. No sabemos si sólo hay un lobo o una manada entera. Si nos acercamos más es muy probable que nos descubran y no sabemos cómo van a reaccionar. De hecho, es posible que ya sepan que estamos aquí. Lo más prudente sería marcharse a toda velocidad, pero –se volvió hacia ellos y los miró con gran determinación-, como vosotros mismos dijisteis, siempre hemos estado escuchando historias sobre los lobos y deseando verlos, y ahora tenemos la oportunidad… Y yo no pienso dejarla escapar. Podéis venir conmigo, esperar aquí o volver a la aldea, vosotros veréis.

-Yo voy contigo –dijo Kodran con decisión-, no hemos llegado hasta aquí para darnos la vuelta ahora, ¿no crees, Gunnar?

-Es verdad, con lo que me ha costado la subidita, como para volverme con las manos vacías. ¡Vamos allá!

Despacio, los tres amigos avanzaron intentando hacer el menor ruido posible y ocultándose detrás de árboles y arbustos. Ahora escuchaban con claridad una mezcla de gruñidos, aullidos y otros sonidos que no acertaban a distinguir. De repente, Erik se detuvo con los ojos clavados en lo que tenía delante. En cuanto Kodran y Gunnar le alcanzaron, pudieron ver qué había llamado tanto la atención de su amigo. A poco más de veinte metros de su escondite, varios zorros rodeaban a una loba, que custodiaba la entrada de una pequeña cueva. Su elegante pelaje gris estaba manchado con sangre alrededor del cuello y en las patas traseras. Aún así, se erguía desafiante protegiendo a sus crías de las raposas que, sin atreverse a lanzar un ataque definitivo, intentaban alcanzar a los cachorros refugiados tras su madre. De hecho un par de lobeznos yacían inmóviles junto a uno de los zorros.

La escena era dramática; los aullidos de la madre transmitían una amarga sensación de rabia e impotencia. Sin previo aviso, la jauría se abalanzó sobre ella y, en ese mismo instante, una flecha rasgo el aire y se clavó con fuerza en el cuerpo de uno de los agresores, que cayó fulminado. Sorprendidas, las alimañas se dieron la vuelta buscando a su enemigo a la vez que llegaba una segunda flecha, que abatió a otra de ellas. Acto seguido, Erik, armado con su arco, saltó de su escondite y corrió hacia los zorros gritando:

-¡Largo de aquí! ¡Fuera! –Aún tuvo tiempo de lanzar otra flecha que se clavó en un tronco cercano a una de las raposas, que huían sin ni siquiera llevarse consigo los cachorros que habían arrebatado a su madre.

En cuanto llegó a la entrada de la cueva, Erik se detuvo mirando con tristeza a la loba, que yacía gimiendo de dolor junto a los cuerpos inanimados de sus crías. Lentamente se acercó a ella poniéndose de cuclillas, y extendió la mano hacia la cabeza del animal.

-Erik, ¿qué haces? ¿Te has vuelto loco? –preguntó Gunnar en un medio susurro.

Kodran, a su lado, no se atrevía a hablar y contemplaba la escena con la boca abierta. Erik no prestó atención a las advertencias de su amigo y continuó aproximando su mano a la loba, que se debilitaba por momentos. Con sumo cuidado y respeto, Erik acarició la cabeza del gran animal, que lo miraba atentamente clavando en él sus ojos ambarinos. Gunnar comenzó a decir algo ininteligible pero Kodran, con un rápido gesto de la mano, le indicó que se callara. Erik no parpadeaba, miraba a la loba mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Haciendo un gran esfuerzo, el animal, herido de muerte, giró la cabeza hacia el interior de la cueva a la vez que se le escapaba un ligero sollozo. Erik miró en la dirección que le indicaba la loba y, a duras penas, logró distinguir dos figuras diminutas que temblaban en la oscuridad. Se levantó muy despacio y fue hacia ellas. Con cuidado, cogió a los cachorros y los llevó junto a su madre, que comenzó a lamerlos con ternura. Detrás de Erik, Gunnar y Kodran observaban la escena sin saber qué hacer. Tras unos segundos, la loba dejó caer su cabeza sobre la nieve.

-¿Ha muerto? –preguntó Kodran.

-Sí –respondió Erik con los ojos clavados en el suelo.

-Y ahora ¿qué hacemos? –intervino Gunnar.

-Haremos una gran hoguera y quemaremos su cuerpo y el de los cachorros muertos. Así evitaremos que esas malditas alimañas vuelvan a por ellos.

-¿Y qué vamos a hacer con estos cachorros? –dijo Kodran señalando a los dos pequeños lobeznos, que seguían acurrucados contra el cuerpo inerte de su madre.

Erik los miró pensativo unos instantes, después se volvió hacia Kodran y Gunnar y dijo: “yo cuidaré de ellos”.

Tardaron más de una hora en conseguir apilar un montón de leña lo suficientemente seca. Erik se encargó de encender la hoguera que, en pocos minutos, consumió los troncos y los cadáveres de los tres lobos. Cuando ya casi se había extinguido, cubrieron las cenizas con nieve hasta que no quedó el más mínimo rastro.

 

-Ahora ya sabemos por qué el lobo se acercó a la granja del viejo Styrmir –dijo Erik mientras caminaban de vuelta a la aldea-. Estaba tan desesperado al no encontrar suficiente caza en el bosque que se arriesgó a acercarse al poblado.

-Pensaba que los zorros sólo comían gallinas y conejos –comentó Gunnar.

-Habitualmente sí pero, como este invierno ha sido especialmente frío y largo, la comida ha escaseado… –respondió Erik.

-Pues sí que tenían que estar hambrientos para enfrentarse a unos lobos –opinó Kodran.

-Si se hubiera tratado de unos lobos, no se habrían acercado. Se han atrevido a atacarles porque sólo era una loba hambrienta y sus crías –le corrigió Erik.

-¿Y qué vas a hacer con los cachorros? –Le preguntó Gunnar-. ¿Crees que tú padre te dejará criarlos?

-No lo sé, espero que sí.

Erik continuó andando pensativo. Árkhelan, su padre, era un hombre bueno pero exigente. Durante muchos años había servido en la guardia personal del rey hasta llegar a ser general. Tras muchos combates y casi tantas heridas, había decidido retirarse del ejército para dedicarse a su familia llevando una vida sencilla. Erik le quería mucho y sentía hacia él un profundo respeto y una gran admiración. Sabía que no iba a ser fácil convencer a su padre para que le permitiera criar a los lobos, al fin y al cabo, eran animales peligrosos para el ganado y también para las personas… Quizá fuera una imprudencia llevarlos a la aldea, pero qué podía hacer si no, ¿dejarlos en el bosque? No sobrevivirían ni una sola noche. Erik echó un vistazo a los dos cachorrillos que llevaba envueltos en su capa. Casi no podían abrir los ojos y lloriqueaban de hambre. No, no los dejaría morir, sentía que tenía la responsabilidad de velar por su vida.