PRIMEROS CAPÍTULOS DE “JUSTICIA Y HONOR”

ADVERTENCIA: EN ESTOS PRIMEROS CAPÍTULOS APARECE INFORMACIÓN REFERENTE A LOS ANTERIORES LIBROS.

ERIK, HIJO DE ÁRKHELAN III. JUSTICIA Y HONOR

 

CAPÍTULO I

Volvieron a ponerse en marcha poco después del mediodía, y aunque cabalgaron sin apenas detenerse, esta vez el viaje resultó menos agotador para los muchachos; quizá porque habían podido dormir unas horas, o quizá porque tenían la certeza de que, de momento, nadie les perseguía.

¡Lo habían conseguido! –No paraba de repetirse Erik en su interior-. Habían entrado en el castillo y liberado a Árkhelan y a los demás prisioneros. Todavía les quedaba mucho por hacer, pero habían salvado el primer escollo; ¡y vaya escollo!

Los acontecimientos de la noche anterior se le presentaban casi como un sueño. El asalto al calabozo, el encuentro con su padre, la fuga, mezclándose con la patrulla que iba a apagar el fuego provocado por sus ayudantes… Y, cómo olvidarlo, los minutos de angustia ante la ausencia de Markus y Kodran en el lugar de encuentro. Afortunadamente, todo había salido bien… Bueno, lo cierto era que la odisea no había hecho más que comenzar.

-No sabía que hubiera tantas montañas en nuestro país –comentó Gunnar cuando ya estaba atardeciendo-, la verdad es que no tengo ni idea de dónde estamos o hacia dónde vamos.

-Estamos avanzando hacia el norte –le informó Markus que marchaba justo delante del muchacho-. Al oeste, aunque desde aquí no se ve, tenemos el río Rösendort, o lo que es lo mismo, la frontera entre Ingerland y Altenbruk. Es un río muy ancho y caudaloso.

-Y frío –apuntó Erik.

-Sobre todo en invierno –añadió el cetrero sonriendo-. Durante casi todo su recorrido, el río Rösendort fluye entre montañas, por eso solo hay dos puestos fronterizos: uno cerca de la ciudad y otro unas veinte millas al norte, por donde cruzamos nosotros.

-¿Y no se puede atravesar por más sitios? –preguntó Kodran.

-Usando el sentido común, no –respondió Markus-; haciendo locuras, ya se ve que sí.

-¿Adónde nos dirigimos? –se interesó Kodran.

-Para serte sincero, te diré que, más que ir hacia un sitio, lo que estamos haciendo es alejarnos de la ciudad –contestó el cetrero-. Estas montañas están deshabitadas y no hay ninguna población cerca, así que no es mal sitio para escondernos, al menos de momento.

-¿Vamos a quedarnos en las montañas? –insistió Kodran, al que la idea no parecía hacerle mucha gracia.

-¿Se te ocurre algo mejor? –le retó Markus.

-Bueno, no sé –contestó el muchacho algo incómodo-, podríamos ir a algún poblado lejos de la ciudad donde nadie nos conozca…

-Y hacernos pasar por unos saltimbanquis que van de pueblo en pueblo representando historietas –concluyó el cetrero con sarcasmo-. ¿En qué estás pensando? No somos un grupo que pase inadvertido: once hombres adultos y tres chiquillos.

-¡Ehem! –protestó Erik con un fuerte carraspeo .

-Perdón –se excusó Markus sin mucha convicción-, quería decir jóvenes.

-Pero no vamos a pasar así el resto de nuestras vidas –intervino Gunnar sin poder disimular cierta inquietud.

-¿Por qué? ¿No te gusta el paisaje? –preguntó Markus mirando a su alrededor.

-Hombre, el lugar es bonito –intervino Erik sonriendo-, pero quizá no sea lo más idóneo para pasar el invierno.

-En eso no te falta razón, y eso que estas montañas no son muy altas y se podría transitar por ellas incluso si estuvieran nevadas. Si estuviéramos en los montes del norte…

-¿Son mucho más altos? –inquirió Gunnar.

-No solo son más altos, sino que también son más escarpados. Cruzarlos es siempre difícil, pero con nieve es imposible.

-Bueno, oiga, no cambie de tema –le recriminó Kodran-, y díganos qué es lo que vamos a hacer, ahora que ya hemos rescatado a los prisioneros.

-Continuar con nuestro plan –respondió entonces Markus.

-¿Y nuestro plan es…? –continuó indagando el muchacho.

-Lo sabréis a su debido tiempo –contestó el cetrero antes de espolear a su caballo y dirigirse a la cabeza del grupo.

-¡Lo sabía! –explotó Kodran.

-No sé ni para qué te molestas en preguntar –dijo Erik con una gran sonrisa.

-¿Crees que realmente hay un plan? –inquirió Gunnar.

-No lo sé –contestó Erik-, pero hasta ahora Markus no nos ha fallado, así que no veo motivo alguno para dudar de él.

-No, si yo no dudo de él –intervino Kodran visiblemente malhumorado-, pero es que me pone nervioso que siempre nos deje con la intriga.

-Me parece que precisamente lo hace por eso –razonó Gunnar.

-¡Pues no le veo la gracia! –gruñó Kodran.

Se detuvieron poco antes de que anocheciera. Aprovechando los últimos rayos de sol, recogieron leña seca para encender una hoguera con la que calentarse. Aunque ese invierno estaba siendo desacostumbradamente suave, las noches eran muy frías, sobre todo si había que pasarlas al raso.

-Nos queda poca comida –comentó Gunnar mientras sacaba de sus alforjas lo necesario para prepararse la cena.

Gustav, el simpático tabernero, no solo se había encargado de llevar los caballos y a Luna y Sombra a la Cabaña de Piedra; previendo que tendrían que pasar varios días en las montañas, había obsequiado a los fugitivos con una gran cantidad de víveres.

-Sí, ya me había dado cuenta –contestó Árkhelan-, pero no hay por qué preocuparse: en estas montañas podremos encontrar caza suficiente para abastecernos.

-Antes le hemos preguntado a Markus por el destino de nuestro viaje y no nos ha contestado –intervino Erik, aprovechando que estaban algo apartados del grupo-. No quiero que me digas más de lo que yo deba saber, pero ¿estamos yendo a algún sitio en concreto o seguimos alejándonos de la ciudad sin un rumbo fijo?

-Puede que un poco de las dos cosas –contestó el ex general.

Los tres muchachos se miraron entre sí sonriendo.

-¿Qué ocurre? –preguntó Árkhelan extrañado.

-Que parece que lo hagáis a propósito –replicó Erik con sencillez.

-¿El qué?

-Todo este aire de misterio: ya lo sabréis, ya lo veremos, un poco de las dos cosas…

Árkhelan rió divertido.

-No era ese mi intención –se excusó-. Lo que te he dicho es la verdad: estamos huyendo de la ciudad y avanzando hacia nuestro nuevo destino; lo que pasa es que aún no está del todo claro cuál va a ser el siguiente paso.

-¿No tenemos un plan? –inquirió Kodran.

-Bueno, hasta hace menos de veinticuatro horas, yo estaba en una mazmorra esperando a ser juzgado por el Duque de Nordland –repuso Árkhelan-, y, aunque he estado dándole vueltas al asunto, no he llegado a una conclusión definitiva.

-¿Cuáles son nuestras opciones? –quiso saber Erik.

El ex general miró fijamente a su hijo, mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios.

-Odio tener que decir esto –contestó-, pero creo que tendréis que esperar para saberlo. Aunque solo un poco –añadió enseguida, adelantándose a las protestas de los chicos-, quiero que lo hablemos cuando estemos todos.

-Está bien –accedieron los muchachos.

 

 

Mientras inspeccionaban los alrededores en busca de leña, habían encontrado una cueva de gran tamaño en la que podrían pasar la noche resguardados del frío. En realidad se trataba más bien de una hendidura en la montaña de no más de diez metros de profundidad, pero lo suficientemente espaciosa y bien orientada como para cobijarles cómodamente y permitirles descansar.

Después de cenar, se quedaron un rato en silencio, sentados alrededor del fuego. Erik fue mirando a los hombres que habían rescatado, preguntándose en qué estarían pensando. Todos ellos habían arriesgado sus vidas por lealtad al rey, y ahora tenían que huir sin un rumbo muy claro y sin posibilidad de volver con sus familias hasta que todo se solucionara; si se solucionaba.

-Creo que ha llegado el momento de decidir lo que vamos a hacer –intervino Árkhelan rompiendo el silencio. Todos le miraron atentos-. Si nuestra misión ya era difícil desde un principio –continuó-, los hechos acontecidos durante las últimas semanas no han hecho sino complicarla aún más. Sabemos que hay mucha gente dispuesta a ayudarnos y a dar la cara por el heredero cuando llegue el momento, pero eso no basta. Necesitamos reclutar un auténtico ejército que garantice la seguridad del príncipe hasta que sea coronado.

-¿De cuántos soldados estamos hablando? –preguntó Rolf.

-Al menos tantos como los que componen la guardia personal de sir William y los nobles que le apoyan –repuso Árkhelan.

-Pero sir William cuenta con todo el ejército del país –añadió Hank.

-No se atreverá a ordenarles que vayan contra el príncipe. Para esa tarea utilizarán solo a sus mercenarios.

-¿Cuántos? –insistió Rolf.

-No menos de quinientos soldados –expuso Árkhelan.

-¿¡Quinientos!? –fue la exclamación unánime.

-Eso es una locura –declaró Hank-. Hasta que nos detuvieron solo habíamos conseguido reclutar a setenta u ochenta personas, ¿cómo esperas llegar a esa cifra teniendo en cuenta que ahora nuestros movimientos están mucho más limitados?

-Perdonad –intervino Erik-, seguramente sea una estupidez, pero lo que yo no comprendo es para qué se necesita tanta gente. Si lo único que va a hacer ese ejército es escoltar al príncipe hasta el palacio real, ¿no bastaría con una guardia mucho menos numerosa?

-Si, como tú dices, esa fuera la única misión de su ejército, sí que bastaría con menos gente –dijo Markus-. El problema es que, antes de que el príncipe Harald regrese a Altenbruk, debemos estar seguros de la lealtad del ejército y del pueblo.

-Ahora sí que ya no entiendo nada –comentó Gunnar en voz baja.

-Imagínate que llega la fecha de la coronación y su alteza regresa a nuestro país –explicó el cetrero que había escuchado el comentario-. Nosotros acudimos a la frontera con una guardia personal para escoltarle hasta el castillo; pero, entretanto, el Duque de Nordland, que tiene espías por todas partes, como ya hemos comprobado, se entera de lo que está ocurriendo y lanza a su ejército para evitar que el príncipe llegue al Palacio con vida.

-Más aún, estoy casi seguro de que el Duque de Nordland cerrará la frontera cuando se acerque la fecha del cumpleaños del príncipe –añadió Árkhelan.

-Pero no puede impedir que el príncipe vuelva a su país –intervino Kodran.

-A él, no –respondió Árkhelan-, pero sí a todos sus acompañantes. Así lo tendrá a su merced para provocar cualquier «trágico accidente».

-Eso no puede ocurrir –objetó Kodran-. Si el Duque de Nordland hiciera eso, el ejército y el pueblo se rebelarían contra él.

-Una vez que el príncipe estuviera muerto –intervino Markus-, sir William se encargaría de hacer correr una versión de los hechos acorde a sus intereses, como ya lo hizo tras el asesinato de su hermano.

-Pero es imposible que engañe a todo el mundo –repuso Gunnar.

-No hace falta tanto, basta con sembrar la duda y castigar a los que le lleven la contraria. Y eso puede hacerlo con su ejército personal.

-No me puedo creer que se pueda dominar a todo un país con solo una guardia personal –reflexionó Kodran.

-Se puede mientras el pueblo y especialmente, el ejército no se organicen –contestó Markus-. Nadie quiere tomar el mando por miedo a las represalias, a no ser que compruebe que no está solo y que, llegado el momento, contará con una fuerza al menos igual a la de su enemigo.

-Y por eso necesitamos quinientos soldados –concluyó Árkhelan-. Ese ejército escoltará al príncipe en su regreso, pero no sin antes haber visitado algunas poblaciones informando a civiles y soldados de quién asesinó al rey Sigurd.

-¿¡Quieres recorrer el país con un ejército!? –preguntó Jurgen, uno de los liberados que, como el resto, había permanecido en silencio.

-No todo el país, y tampoco con todo el ejército reunido –explicó el ex general-. Quiero que mucha gente escuche la verdad y que los soldados y, sobre todo, los oficiales sepan que el príncipe cuenta con un ejército al que ellos deben sumarse.

-Resumiendo –intervino Markus-, llegamos a un pueblo, les decimos unas cuantas verdades y desaparecemos.

-¿Y no crees que el Duque de Nordland enviará al ejército a por nosotros? –preguntó Hank.

-Ojalá lo haga –contestó Árkhelan-. Será el momento de comprobar si realmente el ejército le es leal.

-¿Lo dudas? –inquirió Erik.

-Más que eso –respondió Árkhelan con seguridad-. la certeza, igual que la tiene sir William, de que ahora mismo solo le obedecen porque no tienen otra opción. Pero eso puede cambiar si se alteran las circunstancias: la autoridad que nace del miedo es muy inestable.

-Bueno, si es eso es así –intervino Gunnar en un aparte-, tampoco lo tenemos tan mal.

-Sí, claro –le contestó Kodran también en voz baja-, ahora solo tenemos que conseguir quinientas personas dispuestas a arriesgarlo todo para enfrentarse al Duque de Nordland y a sus aliados.

-Nosotros somos catorce, y según acaba de decir Hank ya había setenta u ochenta personas dispuestas a unirse –comentó Erik.

-Vale, genial –dijo entonces Kodran con su habitual ironía-, solo nos faltan unos cuatrocientos.

-No te olvides de Peter, Jacob y Manfred –le recordó Gunnar-, Markus les prometió que iría a buscarlos cuando llegara el momento.

-Ah, bueno, perdona –repuso exagerando aún más el tono-, se me había olvidado. Peter, Jacob y Manfred. Ahora sí que estamos salvados.

-Es cierto que cuatrocientos sigue siendo una cifra enorme –intervino Árkhelan para sonrojo de los muchachos, que no se habían dado cuenta de que el resto del grupo había estado escuchando su conversación-, por eso creo que debemos cambiar de estrategia.

-¿Cambiar de estrategia? –preguntó Jurgen extrañado-. ¿Qué quieres decir?

-Ir de aldea en aldea intentando entrevistarnos con algún antiguo conocido para convencerle de que se una a nosotros es un proceso demasiado lento y arriesgado. Ya nos han capturado una vez, no les costará demasiado hacerlo de nuevo.

-¿Y qué propones? –inquirió Bret, un gigantón de pelo moreno y ensortijado.

-Que pidamos ayuda a un ejército ya existente –contestó Árkhelan.

Las preguntas parecieron multiplicarse en el interior de toda la audiencia, pero ninguno se decidió a formularlas.

-¿Qué quieres decir? –preguntó Rolf al fin.

-Si tenemos problemas para encontrar aliados dentro de nuestras fronteras, busquemos fuera de ellas –explicó el ex general.

-¿En Ingerland? –inquirió Erik tímidamente.

-Sería lo más sencillo, pero dudo mucho de que el rey Kirsten atendiera a nuestra petición –dijo Árkhelan-. Una cosa es acoger a la familia real, no olvidemos que la reina Alexandra es su hermana, y otra muy distinta ordenar a su ejército que entre en nuestro país.

-¿Entonces? –intervino de nuevo Bret.

-Alguien que deba lealtad a la corona y pueda salir beneficiado con su cooperación –expuso el ex general. Todos se miraron buscando la respuesta, pero ninguno parecía saber a quién se estaba refiriendo-. Podríamos pedir ayuda a los Dursmanni –dijo Árkhelan al fin.

-¿¡A los Dursmanni!? –exclamaron casi todos.

-¿¡A quién!? –preguntaron los muchachos, que escuchaban ese nombre por primera vez.

-A los Dursmanni –respondió Árkhelan con tranquilidad-. Viven al norte, junto al mar, más allá de las montañas.

-¿¡Vas a pedir ayuda a esos bárbaros!? –le reprochó Bret.

-¿Bárbaros? –inquirió Erik, cada vez más perdido.

-Los Dursmanni son una de las muchas tribus del norte –intervino Markus-, a las que nosotros conocemos con el nombre genérico de bárbaros. Sin embargo, no todas las tribus se dedican al saqueo y al pillaje –continuó dirigiendo una mirada reprobatoria a Bret, que bajó los ojos incómodo-, algunos pueblos del norte están formados por campesinos y ganaderos.

-Ya –repuso el muchacho-, pero todas esas tribus viven muy lejos, solo se puede llegar a sus tierras navegando y estos Dursmanni viven en nuestro país.

-Bueno, en realidad esas tierras les pertenecen aunque están dentro de nuestras fronteras –matizó el cetrero.

-¿Y por qué no viven con las otras tribus –intervino Kodran.

-Es una historia que viene de lejos –contestó Árkhelan-, de tiempos del rey Harald el Grande, abuelo del príncipe Harald. Durante su reinado hubo constantes enfrentamientos con los países vecinos, parecía que todo el mundo quería ampliar sus fronteras conquistando las tierras cercanas. El rey Harald comprendió que solo con su ejército no conseguiría derrotar a sus enemigos, por lo que pidió ayuda a algunas tribus del norte. Los Dursmanni fueron los únicos que respondieron a su llamada y, en pago por sus servicios, el rey les entregó las tierras que ahora habitan, además de ganados y una gran cantidad de oro.

-¿Y no volvieron a su país? –preguntó Gunnar.

-Algunos sí, pero la mayoría prefirió quedarse  -contestó el cetrero-; aquí el clima es más suave y las tierras que les entregó el rey Harald eran muy buenas para el cultivo.

-Además –añadió Árkhelan-, las tribus del norte están en continuo enfrentamiento, y muchos preferían llevar una vida más tranquila.

-Y, desde entonces –concluyó Markus-, han vivido en paz en sus tierras, pagando impuestos a la corona y sin crear un solo problema.

-Y así es como deben seguir –añadió Bret.

-¿Qué te hace pensar que vayan a ayudarnos? –inquirió Rolf-. Como tú mismo has dicho, llevan una vida pacífica en sus tierras y nunca se han inmiscuido en los problemas del reino. ¿Por qué iban a hacerlo ahora?

-Aunque el rey Harald fue generoso en su momento –contestó Árkhelan sin perder la serenidad-, poco a poco el territorio que ocupan los Dursmanni se les ha ido quedando pequeño. Además, sus líderes siempre se han mostrado agradecidos y obedientes a la Corona: primero al rey Harald el grande y después a su hijo, el rey Sigurd. Son un pueblo que cree en el honor y respeta la autoridad. Si les hacemos ver que la familia real necesita su ayuda y que, una vez más, su colaboración será bien recompensada, es posible que se decidan a apoyarnos.

-¿Y cómo piensas recompensarles? –preguntó Bret sin ocultar su desacuerdo.

-Ofreciéndoles más tierras –le respondió Árkhelan.

-¿Dónde? Su territorio está delimitado por el mar y las montañas –objetó Rolf.

-Nuestro país es grande, hay muchos otros lugares. El Duque de Nordland y sus aliados poseen una infinitud de tierras, seguro que habrá algún territorio que sea del agrado de los Dursmanni.

-Pero tú no tienes potestad para prometerles eso –continuó oponiéndose Bret.

-En eso tienes razón –reconoció el ex general-. Tendremos que pedir permiso a la reina y al príncipe Harald antes de realizar nuestra propuesta.

-¿Cómo lo vas a hacer?

-Están en Ingerland, ¿no? Pues alguien tendrá que ir a Ingerland para hablar con ellos –sentenció Árkhelan dejando atónita a toda su audiencia.

-¿Quién? –preguntó al fin Hank ante el silencio de los demás.

-Yo iré –dijo Erik, sorprendiéndose a sí mismo.

-De eso nada –le contradijo su padre de inmediato.

-Vosotros no podéis ir porque es probable que alguien os reconociera –argumentó el muchacho con seguridad.

-Yo te acompañaré –se ofreció Kodran.

-Y yo –añadió Gunnar de inmediato.

Árkhelan miró a Markus como pidiéndole explicaciones por lo que estaba ocurriendo.

-Yo no tengo nada que ver –repuso el cetrero divertido-, es tu hijo, es normal que se parezca a ti.

El ex general se dio la vuelta alejándose unos pasos del grupo. Erik se acercó a él, indicando a sus amigos que esperasen donde estaban.

-Podemos hacerlo –dijo el muchacho al llegar junto a su padre.

-Es muy peligroso. Ahora que hemos escapado, aumentarán los controles en todos los pasos fronterizos.

-Si no vamos nosotros, ¿quién lo hará?

-Yo.

-Eso es imposible –repuso el muchacho tajante-. Te capturarían en cuanto aparecieras por un lugar poblado. ¿Recuerdas cuando Galvián y su escudero vinieron a nuestra casa a decirnos que el rey había sido asesinado?   -Árkhelan asintió en silencio sin saber adónde quería llegar su hijo-. Entonces yo me ofrecí a ser el que reclutara el ejército, y tuve que desechar la idea porque era obvio que tu reputación hacía que tú fueras el idóneo –explicó el muchacho-. Ahora es al revés; no puedes dejarte ver porque hay mucha gente que te conoce. Nosotros, sin embargo, no somos más que tres amigos que viajan juntos.

-¿Y si ocurre algo?

-Asumiré las consecuencias de mis actos –contestó Erik con determinación repitiendo las palabras pronunciadas por su padre semanas atrás.

-¡Erik!

-Papá, no soy un niño –le espetó-. Siempre me has enseñado que debía hacer lo correcto sin detenerme ante los obstáculos; no me lo impidas ahora.

Árkhelan se quedó sin palabras.

-Tendremos cuidado –dijo el muchacho suavizando el tono-, te lo prometo.

-Eso espero –accedió al fin el ex general.

 

CAPÍTULO II

Finalmente, el plan fue aceptado por todos, también por Bret, aunque este no cesó de mostrar su poca confianza en los Dursmanni.

-Los bárbaros siempre serán bárbaros –había repetido una y otra vez.

-Y tú siempre serás un cabezota gruñón –había añadido Markus, cansado de sus protestas.

Aun así, decidieron que continuarían todos juntos al menos otras dos semanas; era preferible dejar pasar unos días para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, y con la esperanza de que el paso del tiempo llevara consigo una relajación en la seguridad de los puestos fronterizos.

Entretanto, el grupo de fugitivos no paró de moverse por las montañas. Solo de vez en cuando, se aventuraban a acercarse a alguna población para hacer algunas compras y, de paso, ponerse al día de las noticias del reino. En estas ocasiones, solían ser los muchachos los que visitaban las aldeas y poblados.

-¿Veis cómo todo vuestro trabajo en la ciudad no fue inútil? –comentó Markus una tarde después de que los chicos trajeran víveres e información.

-Ahora nos va a decir que usted ya tenía todo esto en mente cuando nos tuvo dando vueltas por la ciudad sin ningún sentido, ¿no? –repuso Kodran escéptico.

-Por supuesto –contestó el cetrero con gran aplomo.

Los muchachos se miraron divertidos, pero evitaron hacer ningún comentario al respecto.

-Así que el Duque de Nordland ha puesto precio a nuestras cabezas –intervino Árkhelan, haciendo referencia a lo que habían contado los chicos al regresar de la aldea cercana.

-Sí –contestó Erik-, cien monedas de oro por cada uno de los fugados de la prisión excepto tú, que vales trescientas monedas. Y también cien monedas por Rolf y por Markus.

-Así que me reconocieron –dijo el cetrero-. Creía que ya se habían olvidado de mí después de tantos años.

-No es tan fácil olvidarse de usted –apuntó Kodran con su sonrisa irónica.

-De nosotros no decía nada –informó Gunnar.

-¿Ves? –inquirió Erik, dirigiéndose a su padre-. Nosotros todavía no existimos.

-Yo no estaría tan seguro –objetó Markus.

-¿Qué quiere decir? –preguntó Kodran extrañado.

-Seguramente sir William ya habrá mandado un destacamento a nuestra aldea para hacer unas cuantas preguntas. Supongo que nuestros vecinos dirán lo menos posible, pero, aun así, descubrirán que Erik hace tiempo que se marchó, y es probable que también se enteren de que sus mejores amigos tampoco están en la aldea.

-Vaya –dijo el muchacho pensativo-, puede que tenga razón. No había pensado en eso.

-Y, en ese caso, ¿qué haremos? –preguntó Gunnar claramente preocupado.

-No podemos volver a la aldea, eso está claro –respondió Erik con decisión-. Pero, por lo demás, no creo que debamos preocuparnos; nadie nos conoce.

-Por si acaso –intervino Árkhelan-, de ahora en adelante, será más prudente que evitéis ir los tres juntos cuando entréis en un lugar poblado.

-¿Y cuándo vayamos a Ingerland? –inquirió Gunnar.

-Tampoco hay que exagerar –terció Erik al ver el gesto pensativo de su padre-, ni que fuéramos los tres únicos chicos que van juntos en todo el país.

-Y que deciden cruzar la frontera –apostilló Markus.

-Si tan peligroso es, iré yo solo, así no llamaré la atención –se ofreció el muchacho.

-No, solo, no –le corrigió Árkhelan-. Pero quizá sería mejor que solo le acompañarais uno de los dos –añadió mirando a Gunnar y a Kodran.

-Yo iré –repusieron los dos a la vez.

Markus miró a Árkhelan sonriente.

-Ánimo –le dijo-. Si quieres que solo vaya uno de ellos, adelante, pero creo que tendrás que ser tú el que elija… Y el que luego soporte al otro –concluyó, con una carcajada.

-¡Papá! –insistió Erik.

-Haced lo que os parezca mejor –se rindió Árkhelan-, y que sea lo que Dios quiera –añadió dándose la vuelta y alejándose del grupo.

 

Cuando ya casi habían transcurrido las dos semanas que se habían marcado como plazo de espera, los muchachos comenzaron a inquietarse ante la perspectiva de abandonar el grupo. Desde que habían salido de la aldea, siempre había habido alguien que tomara las decisiones: Markus en un principio y, durante los últimos días, Árkhelan. Ellos se habían limitado a obedecer. Sin embargo, ahora, ya no habría nadie a quien acudir si no sabían qué hacer, ni nadie que les corrigiera antes de tomar una decisión equivocada. Y, aunque delante de los demás procuraban aparentar seguridad y confianza, lo cierto era que el nerviosismo les quitaba el apetito e incluso les impedía conciliar el sueño con prontitud.

Por fin llegó el día de la separación. Mientras que el grupo tenía previsto dirigirse hacia el Este, siempre alejándose de la ciudad y de los campamentos militares, los muchachos debían encaminarse hacia el Oeste, donde fluía el río Rösendort y se encontraba el paso fronterizo.

-Cuide de Luna y Sombra –le pidió Erik a Markus al despedirse de él.

-No te preocupes.

-A lo mejor podría llevármelos.

-Sí, y también podrías escribirte en la frente que eres Erik, el hijo de Árkhelan –apuntilló el cetrero con su habitual sarcasmo.

-Vale, tiene razón –reconoció el muchacho.

-Como siempre.

Erik se limitó a sonreír.

-¿Tenéis claro cuál es el punto de encuentro? –se interesó Markus.

-Sí, dentro de tres semanas en el lugar donde fuimos a soltar a los lobos hace…

-Casi un año –le recordó el cetrero.

-Casi un año –repitió el muchacho-. Por un lado parece que fue ayer, pero han pasado tantas cosas en este tiempo –añadió pensativo.

-Tened mucho cuidado.

-Descuide –respondió el muchacho sonriendo.

Cuando se despidió de Árkhelan, este, además de insistirle en la necesidad de ser muy cuidadoso y prudente, le recordó los temas que debía tratar con la reina.

-No te preocupes, papá –le tranquilizó-, ya lo hemos hablado muchas veces y sé lo que tengo que decirle.

-Espero que acepte –dijo el ex general-. Es la única solución viable.

-Aun así, habrá que convencer a los Dursmanni.

-Es cierto, pero de eso ya nos preocuparemos a la vuelta. Dale un beso muy fuerte a Nela, a Robert y a Bera. Diles que estoy deseando volver a verles –añadió Árkhelan al borde de las lágrimas.

-Lo haré –contestó Erik y se alejó para disimular su turbación.

 

-¿Cuánto tardaremos en llegar a la frontera? –preguntó Gunnar una vez que se pusieron en camino.

-Dos días –respondió Kodran-, o, al menos, eso es lo que me ha dicho Markus.

-Dos días hasta la frontera, un día más para llegar al palacio –fue recontando el muchacho-, ¿y para la vuelta?

-Desde la frontera hasta el punto de encuentro, unos tres días, si va todo bien –contestó Erik.

-En total suman siete días de viaje –calculó Gunnar-. ¿Cuánto tiempo vamos a estar en el palacio? ¿Dos semanas?

-No estaría mal –repuso Erik recordando las comodidades de las que había podido disfrutar-, pero no creo que podamos estar tanto tiempo. Como mucho nos quedaremos cuatro o cinco días.

-Y, entonces, ¿por qué no hemos quedado en reunirnos dentro de dos semanas en vez de tres? –insistió el muchacho.

-¡Porque hay que contar con posibles contratiempos que nos retrasen, memo! –Le espetó Kodran.

-Es cierto -contestó Gunnar molesto-, se me olvidaba que esta vez no está Markus para rescatarte.

-¡No empecéis tan pronto, por favor! –interrumpió Erik suplicante.

 

Salvo las inevitables discusiones entre Gunnar y Kodran, que tanto exasperaban a Erik, no hubo ningún incidente durante los dos días de camino hasta la frontera. De no ser por la delicada misión que tenían que llevar a cabo y que tenían presente en todo momento, el viaje no hubiera sido muy distinto de las excursiones que solían hacer por los alrededores de la aldea cuando eran pequeños.

-Al final ya no hacía falta que lleváramos comida –le dijo Kodran a Erik, recordando esas salidas-, porque con lo que preparaba la madre de Gunnar había suficiente para los tres.

-Y bien que te lo comías todo –repuso el aludido.

-Porque tu madre es una excelente cocinera –reconoció Kodran-. Así has salido tú de bien criado.

-Espero que no nos pongan inconvenientes para cruzar la frontera –terció Erik deseoso de cambiar de tema.

-¿Qué vamos a decir para que nos den el salvoconducto? –preguntó Gunnar.

-Iremos por separado –respondió Erik-. Kodran y tú diréis que vais a trabajar allí hasta que acabe el invierno; hay mucha gente que lo hace aprovechando los diferentes tipos de cultivo; y yo diré que voy a visitar a unos familiares.

-¿Y nos pedirán mucha información? –inquirió Gunnar sin disimular su inquietud.

-Pues no tengo ni idea –contestó Erik con sinceridad-, la otra vez se encargó Markus de todo y, además, él conocía a varios oficiales.

-Bueno, ya veremos qué pasa –intervino Kodran.

 

Al llegar a las inmediaciones del paso fronterizo, Erik observó aliviado que había aún más actividad que en su anterior visita. El tráfico de carretas y animales de carga era casi incesante, e incluso llegaban a formarse largas colas de gente esperando para poder cruzar el paso que unía los dos reinos.

-Bien –aprobó el muchacho con optimismo-, con todo este jaleo, no creo que tengamos ningún problema. Primero iréis vosotros dos, y dentro de un rato pasaré yo.

-Pues vamos allá –dijo Kodran animando a Gunnar y a sí mismo.

Erik los vio acercarse al puesto de guardia en el que estaban los oficiales que extendían los salvoconductos. Cuando les llegó el turno a sus amigos, sintió cómo un cosquilleo recorría todo su cuerpo y la boca se le secaba por la tensión. Al parecer, el oficial que atendía a Gunnar y Kodran les estaba haciendo algunas preguntas, porque su mirada iba de uno a otro, y después tomaba algunas anotaciones en la hoja que tenía delante.

-¡Venga, hombre! –exclamó Erik entre dientes-. ¡No seas tan quisquilloso!

Aún tuvieron que pasar un par de minutos más hasta que Erik pudo respirar tranquilo, al ver cómo sus amigos se alejaban del puesto de guardia con el preciado documento en sus manos. Los tres muchachos se reunieron en una taberna algo alejada del paso fronterizo, que habían visto al llegar al poblado.

-Pues si estaba así de nervioso de veros a vosotros, qué va a ocurrir cuando me toque a mí –confesó Erik mientras bebían unas espumosas jarras de cerveza.

-Bueno, tampoco es para tanto –repuso Kodran sonriendo-. Como mucho te negarán el permiso y tendrás que volver a cruzar el río a nado.

-No estabas tan gracioso hace un rato cuando ese militar te estaba interrogando –intervino Gunnar-. Parecía que hubieras visto un fantasma: pálido y casi incapaz de hablar con normalidad. No sé cómo no se han dando cuenta.

-Porque estabas tú ahí para salvarme, gordito mío –contestó Kodran dando una palmada en la espalda a su amigo.

 

Pese a su nerviosismo inicial, Erik fue capaz de presentarse con gran aplomo ante el oficial de guardia. Explicó que sus hermanos estaban en casa de unos amigos mientras él y su padre tenían que hacer algunos viajes por razones de su trabajo; y que iba a pasar unos días con ellos para ver si todo marchaba correctamente. Ya fuera por la convicción con la que se expresó el muchacho, o bien por el cansancio de llevar horas escuchando a gentes de todo tipo, lo cierto fue que el oficial le extendió el salvoconducto sin formular ni una sola pregunta.

-Muchas gracias, señor –dijo Erik con una gran sonrisa.

-Esto es lo bueno de decir la verdad pensó el muchacho mientras se alejaba, «que estás mucho más tranquilo».

 

Una vez conseguido el permiso, no tenía por qué surgir ninguna complicación a la hora de atravesar el puente; aun así, los muchachos decidieron cruzar el paso fronterizo de uno en uno, por lo que pudiera pasar. Erik fue el último en entrar en el reino de Ingerland y, al hacerlo, se sintió aliviado de una pesada carga y le resultó mucho más sencillo avanzar.

-Y, ahora, al palacio –dijo Gunnar.

-Así es –afirmó Erik, tan feliz ante la perspectiva de volver a ver a sus hermanos, que casi ni le preocupaba la importancia de la misión que tenían encomendada.

 

Deseosos como estaban de llegar al Palacio lo antes posible, en ningún momento se plantearon la posibilidad de pasar la noche en alguna posada, y, de hecho, solo se detuvieron lo imprescindible para comer algo y permitir que sus caballos descansaran.

-¿Qué crees que dirá la reina? –preguntó Gunnar en una de estas paradas.

-No lo sé –reconoció Erik.

-Tiene que aceptar, ¿no? –intervino Kodran-. Como dijo tu padre, esta es la única manera de conseguir que el príncipe pueda acceder al trono.

-Supongo que sí –opinó Erik-, pero no creo que sea tan sencillo.

-¿Por qué? –inquirió Gunnar.

-Nosotros lo vemos muy claro porque desconocemos todas la complicaciones que eso puede suponer para la corona.

-¿Complicaciones?

-Sí –se explicó Erik-. No voy a ser yo el que le ponga pegas al plan, pero estoy seguro de que esto va a llevar su tiempo y bastantes quebraderos de cabeza.

-Si tú lo dices –cedió Gunnar.

Afortunadamente para los muchachos, al ponerse el sol, el firmamento se cubrió de estrellas, presididas por una gran luna llena, que, con su resplandor, les permitieron finalizar su viaje a buen ritmo.

Al entrar en la ciudad, las calles estaban prácticamente desiertas. Aunque no era demasiado tarde, ya habían pasado varias horas desde que habían cerrado los comercios, y los lugareños se resguardaban del frío en sus casas o en alguna taberna. Erik recordaba bien el camino hasta el palacio y guió a sus amigos sin necesidad de pararse a preguntar.

El portalón de acceso al castillo estaba cerrado, pero se distinguía a varios guardias vigilando desde lo alto de la muralla. Erik desmontó de Darko y avanzó unos pasos para que le pudieran ver sin problemas.

-¿Quién va? –preguntó uno de los centinelas.

-Buenas noches –respondió el muchacho algo cohibido-, necesitamos entrar para hablar con la reina. -Inmediatamente se escucharon algunas risas en lo alto de la muralla. Erik, comprendiendo la torpeza de su proposición, sonrió y volvió a tomar la palabra-. Mi nombre es Erik Winterberg, soy hijo de Árkhelan, ex general de la guardia del rey Sigurd de Altenbruk, y traigo un mensaje para la familia real. Pueden preguntarle al general Galvián para que les confirme lo que les acabo de decir.

En esta ocasión, el oficial de guardia pareció tomarle más en serio.

-Esperad ahí –les indicó.

Erik volvió junto a sus amigos.

-«Venimos a hablar con la reina» –dijo Kodran en tono burlón-. Claro, muchacho, cómo no lo has dicho antes, pasa y le decimos que venga –continuó representando con voz grave-. ¿Quieres tomar algo mientras tanto? ¿Una cerveza o mejor un buen vaso de vino?

-Sí, la verdad es que no ha sido una frase muy brillante –repuso el muchacho riendo de buena gana.

-No te preocupes –le tranquilizó Gunnar-, Kodran no lo hubiera hecho mejor.

-Eso es cierto –reconoció el aludido.

No tuvieron que esperar demasiado. A los pocos minutos, escucharon un fuerte crujido al que le siguió el chirriar de las cadenas, mientras bajaba el puente levadizo que les permitiría cruzar el foso y entrar en el castillo.

Los muchachos observaron esta operación con curiosidad, mientras se preguntaban si deberían cruzar directamente o esperar a que alguien saliera a su encuentro. La respuesta a esta cuestión apareció al otro lado del puente: Galvián en persona había acudido a recibirles y miraba a los muchachos con una mezcla de curiosidad y preocupación.

-Erik –dijo sin más ceremonias-, no esperaba volver a verte tan pronto. ¿Ha ocurrido algo malo?

El muchacho sonrió al comprender que las noticias de la fuga aún no habían llegado a Ingerland. Sin entrar en detalles, le explicó lo acontecido en las semanas transcurridas desde su anterior estancia en el palacio.

-¡Lo conseguisteis! –exclamó Galvián sin ocultar su alegría-. No me lo puedo creer. Cuando me dijisteis lo que ibais a hacer pensé que era una locura, pero ya veo que estaba equivocado.

-No se crea –comentó Erik sonriendo-, la verdad es que sí que ha sido una locura, pero nos ha salido bien.

-Tenemos que informar a la reina enseguida –repuso Galvián-, no te imaginas lo preocupada que está por vosotros.

El muchacho asintió y, acto seguido, formuló la pregunta que estaba deseando hacer desde que había llegado.

-¿Cómo están mis hermanos?

Galvián sonrió abiertamente.

-Muy bien. Os echan de menos a ti y a tu padre, pero, por lo demás, me parece que están disfrutando de su estancia aquí. Ahora lo comprobarás tú mismo –añadió en tono jovial-; puedes ir a saludarlos mientras aviso a la reina y tus amigos se instalan en sus habitaciones.

-De acuerdo, muchas gracias –accedió encantado.

 

Mientras caminaban por los suntuosos pasillos, Erik se percató de que parecía haber aún más guardias que en su visita anterior.

-El rey Kirsten y su familia se encuentran en palacio –explicó Galvián adivinando los pensamientos del muchacho-. Seguramente él también querrá hablar con vosotros.

-Será un placer –repuso Erik divertido por la actitud de sus amigos, que caminaban mirando hacia todas partes, intimidados por la majestuosidad de todo lo que les rodeaba.

-¿Has visto? –le dijo Gunnar cuando se quedaron solos en una salita-. ¡Todo esto es increíble!

-Sí –comentó Kodran-, no había visto nada igual.

-Ya os acostumbraréis –dijo Erik sonriendo.

Casi de inmediato, apareció Galvián escoltado por dos sirvientes que debían acompañar a Gunnar y a Kodran hasta sus habitaciones.

-Puedes ocupar la misma habitación de la vez pasada –le informó el militar-. Tus hermanos siguen ocupando las suyas y, si no me han engañado, se encuentran allí ahora mismo. ¿Sabrás llegar o quieres que llame a alguien para que te enseñe el camino?

-No se moleste –agradeció el muchacho-, me acuerdo perfectamente.

-No creo que la reina pueda recibiros hasta dentro de un rato, ya os avisaré.

-Muchas gracias –dijo Erik, esforzándose por no correr.

Pese a su intención de guardar las apariencias, el muchacho terminó subiendo los escalones de dos en dos. Solo había pasado un mes desde que se había despedido de ellos, pero, aparte de que nunca había estado tanto tiempo lejos de su familia, la noticia de la liberación de su padre le bullía en el pecho, ansiosa de ser transmitida cuanto antes.

Al llegar al pasillo en el que se encontraban las habitaciones de sus hermanos, se detuvo unos instantes para recuperar el aliento. Después, llamó a la puerta del dormitorio de Nela y agudizó el oído. De inmediato, se escucharon unos pasos ágiles avanzando por el cuarto. El muchacho retrocedió de forma instintiva, aguardando a que se abriera la puerta.

-¿Sí…? –comenzó a decir Nela distraída-. ¿¡Erik!? –gritó después, al reconocerle. Sin ocultar sus emociones, la muchacha se arrojó sobre su hermano abrazándolo con fuerza. Erik correspondió al abrazo mientras sentía la felicidad recorrer su cuerpo-.Pero ¿estás aquí? –dijo Nela aturdida sin acabar de comprender-. Pensaba que no volverías hasta…

-Sí, yo también –reconoció el muchacho-, pero ha habido un cambio de planes. Papá nos ha encomendado una misión; tenemos que hablar con la reina.

-¿¡Papá!?

-Lo conseguimos, Nela. Lo rescatamos, y no solo a él, también a otros ocho prisioneros.

La sonrisa de Erik se ensanchó al ver la expresión de sorpresa y felicidad de su hermana.

-¡Erik! ¿¡De verdad!?

-De verdad.

-¡Oh, Dios mío! ¡Es…!

-¿Erik? –preguntó una voz en el pasillo. Aunque habían entrado en la habitación de Nela, la puerta había permanecido abierta todo el tiempo. El muchacho se asomó, encontrándose frente a frente con su hermano Robert, descalzo y en pijama.

-Hola, hermanito –le saludó cariñoso-. Has crecido.

-Os he oído y enseguida he reconocido tu voz, pero como la reina dijo que tardarías mucho más en volver…

Acto seguido, Nela se apresuró a explicarle a Robert la buena noticia de la liberación de su padre.

-¿Y él también va a venir? –preguntó el pequeño con la ilusión reflejada en el rostro.

-Sí, dentro de un tiempo –contestó Erik-. Ahora mismo es demasiado peligroso. Lo importante es que papá está bien. Me pidió que os transmitiera todo su cariño y os dijese que os echa de menos. Pero ¿dónde se ha metido la renacuaja? –exclamó de repente.

-¿Bera? –preguntó Nela divertida-. Debe de estar durmiendo. Como no para en todo el día, en cuanto se mete en la cama pierde el sentido.

-Pues, sintiéndolo mucho, voy a despertarla –anunció el muchacho levantándose-. Esperadme aquí, ahora la traeré.

Sigilosamente, Erik entró en la habitación de la pequeña. Dejó la puerta entreabierta para que se filtrara algo de claridad del exterior. En la penumbra, conseguía adivinarse la elegante cama adornada con sábanas de gran colorido. Bera solo ocupaba una pequeña porción del lecho, y su figura se confundía con los pliegues de las mantas. En el silencio absoluto del dormitorio, podía escucharse la tranquila respiración de la pequeña. Erik se acercó sin hacer ruido y la observó unos instantes poniéndose de cuclillas: unos mechones de pelo rubio ocultaban parte del rostro inocente de la chiquilla. Su piel, tan clara y tersa como siempre, estaba tintada por un tenue rubor que le daba un aspecto angelical.

-Despierta, bichejo –susurró Erik besándola con cuidado. La pequeña apenas movió los párpados-. Bera –volvió a intentarlo el muchacho elevando ligeramente el tono de voz.

En esta ocasión, Erik consiguió ver los ojos verdes de su hermana mirándole con extrañeza.

-¿Eres tú? –preguntó como saliendo de un sueño.

-Creo que sí –respondió el muchacho. -Sin embargo, la pequeña, que aún no se había despertado del todo, volvió a cerrar los ojos, pensando, seguramente, que se trataba de un simple sueño-. ¡No me lo puedo creer! –exclamó Erik divertido, alzando un poco la voz-. Me recorro medio país para venir a verte y no me haces ni caso.

Estas palabras surtieron efecto; Bera abrió completamente los ojos y miró a su hermano con la alegría dibujada en el rostro.

-¡Erik! –dijo, estirando los brazos.

-¡Ven aquí, preciosa! –Se rindió el muchacho alzándola por los aires.

Bera abrazó a su hermano con fuerza, bañando el rostro del muchacho con sus largos cabellos.

-Te he echado mucho de menos –reconoció la pequeña en tono lastimero.

-Y yo a ti, pero ¿sabes qué? Ha valido la pena porque, ahora, papá ya está libre y, aunque no ha podido venir –se apresuró a aclarar al ver la expresión de alegría de su hermana-, pronto volveremos a estar todos juntos.

-¿Y volveremos a casa?

-Claro, pero ¿no estás bien aquí?

-Sí, estamos muy bien –reconoció la niña-, pero echo de menos mi cuarto y a mis amigas…

-Vale, vale. –rió Erik-, pero eso tendrá que esperar un poquito más, ¿de acuerdo?

-Sí –aceptó Bera de buen grado.

Erik llevó a la pequeña en brazos al dormitorio de Nela. Una vez allí, los cuatro hermanos intercambiaron noticias alegremente hasta que vinieron a avisar a Erik de que la reina le estaba esperando.

-Mañana seguiremos –dijo el muchacho al despedirse-, que descanséis.

-Buenas noches –respondieron los tres a la vez.

Al llegar a la planta baja, Erik se encontró con Gunnar y Kodran que le estaban esperando.

-¿Qué tal? –preguntó este último.

-Muy bien. Aunque no me ha dicho nada, porque estaban Robert y Bera delante, me parece que Nela está deseando verte.

Kodran enrojeció sin poder evitarlo, para regocijo de Gunnar, que soltó una sonora carcajada.

-Su majestad les espera –anunció un sirviente vestido con una exquisitez deslumbrante.

-Gracias –contestó Erik disponiéndose a entrar al gran salón.

-Hablas tú –le indicó Gunnar en un susurro mientras le agarraba el brazo con fuerza.

-No te preocupes –le tranquilizó el muchacho.

Al entrar en la estancia, Erik no pudo menos que recordar su primera audiencia con la reina, y el cariño con el que esta los había tratado.

-A ver qué dice cuando escuche lo que tengo que proponerle –se dijo para sus adentros.

La reina se levantó al verlos llegar, y avanzó unos pasos hacia los tres muchachos. Kodran y Gunnar se sobresaltaron ligeramente ante esta deferencia, sin saber muy bien cómo debían obrar.

-Erik, me alegro tanto de que hayas regresado –exclamó la reina abrazándolo sin ceremonias.

-Majestad –comenzó a decir el muchacho, apabullado por la amabilidad de la monarca-, le agradecemos que nos reciba tan pronto y yo, especialmente, le agradezco los cuidados que ha tenido con mis hermanos.

-Tus hermanos son encantadores y es un placer tenerlos con nosotros. Soy yo la que tiene que daros las gracias por todo lo que estáis haciendo por la corona a riesgo de vuestras vidas. Galvián me ha informado de que habéis conseguido rescatar a tu padre. No puedes imaginar la alegría que me ha dado esta noticia. Lo que habéis logrado es una hazaña inigualable, jamás hubiera pensado que unos muchachos fueran capaces de hacer lo que habéis hecho.

-Bueno, la verdad es que hemos tenido bastante ayuda –repuso Erik-. Ha sido todo gracias a Markus y…

-No dudo del gran papel que habrá desempeñado Markus –le interrumpió la reina-, pero eso no os quita merito alguno. Disculpadme –añadió de repente fijándose en los dos muchachos que se escondían tras Erik-, aún no os he preguntado vuestros nombres.

-Yo soy Kodran, majestad.

-Mi nombre es Gunnar, majestad.

Los muchachos acompañaron sus palabras con una reverencia, logrando así disimular su turbación.

-Kodran, Gunnar y Erik, es un honor para mí poder acogeros en este palacio. Ojalá pudiera hacerlo en el nuestro –añadió bajando el tono-, pero las circunstancias no son las que nos gustarían. Afortunadamente, mi hermano, el rey Kirsten, nos ha brindado su ayuda en todo momento. Ha sido informado de vuestra llegada y sé que mañana os recibirá. Conoció a Árkhelan cuando era general de la guardia del rey, y se ha alegrado mucho de su liberación.

-Majestad –se atrevió a decir Erik-, nuestra visita aquí no tiene solo el propósito de informaros del rescate de mi padre y del resto de prisioneros, hay algo que debemos transmitiros.

-¿Puede esperar a mañana?

-Sí.

-Pues así será, habéis hecho un viaje muy largo y debéis estar agotados. Ya os he entretenido demasiado tiempo. Mañana os haré llamar, que descanséis –añadió en tono cordial.

-Gracias, majestad –se despidieron los muchachos con una nueva reverencia.


SEGUNDO CAPÍTULO DE “EL EJÉRCITO EN LA SOMBRA”

Solo faltan unos días para que se envíe el libro a la imprenta. Dentro de nada os podremos enseñar la portada y el trailer promocional. Y, mientras tanto, os pongo aquí el segundo capítulo de “El Ejército en la Sombra”, para que podáis echarle un vistazo.

Espero que os guste.

CAPÍTULO II

―¡No es justo!

―¡Vas a despertar a tus hermanos, Erik! ―le reprendió Árkhelan a media voz mientras volvía de cerrar la puerta. Galvián y Konrad acababan de marcharse.

―¡No es justo! ―repitió el muchacho en un susurro―. Galvián nos pidió ayuda a los dos, no solo a ti.

―Es cierto, pero no quiero que te metas en este asunto, es peligroso.

―¿Y qué? Hace tiempo que dejé de ser un niño…

―Ya lo sé.

―¿Entonces…?

―Ya te lo he dicho, es muy peligroso ―respondió Árkhelan pacientemente.

―¿Y para ti no lo es? ―replicó el muchacho intentando mantener la calma.

―Sí, claro que para mí también es peligroso, por eso mismo no puedo permitir que te involucres en este asunto.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó Erik desconcertado.

―Imagínate que los dos no ponemos a trabajar reclutando gente dispuesta a apoyar al príncipe Harald y que un día nos descubren los espías de Sir William, nos detienen y nos condenan a muerte. ¿Qué pasaría con Robert y con las chicas? ¿Quién cuidaría de ellos, Erik?

El muchacho miró fijamente a su padre intentando encontrar una respuesta apropiada. La sangre bullía en su interior y apretaba los dientes sin darse cuenta, fruto de la tensión del momento. Tras unos instantes de silencio, su rostro se relajó y suspiró decepcionado mientras decía:

―Supongo que tienes razón, no podemos involucrarnos los dos. ¡Tengo una idea! ―añadió de repente―. ¿Por qué no te mantienes tú al margen y me encargo yo de la misión? ―Árkhelan no se molestó en responder, miró a su hijo mientras enarcaba una ceja, esperando que él mismo contestara a su pregunta―. Porque tú fuiste general de la guardia real y la gente te hará más caso a ti que a un chaval de diecisiete años a quien nadie conoce ―sentenció Erik en tono malhumorado―. ¡Me voy a la cama! Buenas noches ―se despidió con desgana.

―Buenas noches ―respondió Árkhelan siguiendo a su hijo con la mirada.

Erik no consiguió dormirse de nuevo; permaneció tumbado en la cama, pensando en todo lo que les habían contado Galvián y Konrad. Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, se levantó, se vistió y salió de la habitación.

―Buenos días.

El muchacho, que no esperaba encontrarse a nadie tan temprano, dio un respingo al escuchar la voz de su padre saludándole.

―Buenos días ―respondió sobreponiéndose al susto―. ¿No te has vuelto a acostar?

―No ―reconoció Árkhelan―, tenía demasiadas cosas en la cabeza.

―La verdad es que yo tampoco he dormido nada. ¿Has decidido ya qué vas a hacer? Quiero decir, si tienes algún tipo de plan o algo así.

Árkhelan rió divertido ante la pregunta de su hijo.

―Sí, algo así.

Erik se sentó junto a su padre y lo observó unos instantes mientras este mantenía la vista clavada en el fuego. Al verlo de cerca, le llamó la atención cómo el cansancio y la tristeza ensombrecían el rostro del antiguo general.

―¿Cómo te encuentras? ―preguntó el muchacho deseoso de ayudar a su padre.

―Pues la verdad es que no muy bien ―contestó Árkhelan con sinceridad―. El rey Sigurd era un gran hombre. No era perfecto y algunas de las decisiones que tomó quizá fueran erróneas, pero siempre buscaba lo mejor para su pueblo.

―¿Llegasteis a haceros amigos?

―No creo que pueda hablarse de amistad. Era el rey y tenía que mantener las distancias con sus súbditos para que no le perdieran el respeto, pero siempre me trató con amabilidad y cierta deferencia. Era muy agradecido y atento con las personas que trabajaban a su servicio… ¡Que Dios se apiade de su alma! ―concluyó Árkhelan sin ocultar su dolor.

―¿Qué opinas del plan de Galvián de llevarse a la familia real? ―Se apresuró a preguntar Erik intentando reconducir la conversación.

―Como él dijo, no queda otra salida. Si el príncipe Harald corre peligro, lo mejor es alejarlo de Sir William, aunque no va a ser tan fácil lograr que sea coronado cuando llegue a la mayoría de edad.

―¿Por qué no? ―se interesó el muchacho―. Eso es lo que no entiendo. ¿Por qué hace falta un ejército clandestino? Según la ley, él es el heredero y si reclama el trono cuando llegue el momento, el Duque de Nordland no puede negarse a que sea coronado, ¿no?

Árkhelan se volvió hacia su hijo para mirarlo directamente a los ojos. El muchacho se sintió un poco intimidado y permaneció en silencio, no sabiendo cómo reaccionar.

―Ojalá fuera tan sencillo ―dijo al fin.

―¿Qué quieres decir?

―Nosotros vivimos en una pequeña aldea donde todos nos conocemos y respetamos. Cada uno se preocupa de conseguir lo mejor para sí y para los suyos, intentando cumplir sus obligaciones para con los demás habitantes de la aldea. Hay unas leyes sencillas, que regulan las relaciones entre las personas, y si alguien piensa que se ha cometido una injusticia, lo denuncia al consejo del pueblo y ellos se encargan de juzgar los hechos y tomar las decisiones oportunas. Además, hay unos alguaciles que son los responsables de que las decisiones del consejo de ancianos se lleven a cabo, ¿no es así?

―Sí, claro ―respondió Erik sin saber muy bien adónde quería ir a parar su padre.

―Bien, pues imagínate que existiera un grupo de personas con muchas tierras y riquezas, con cientos de campesinos trabajando para ellos, con tanto dinero y posesiones que pudieran incluso disponer de un ejército propio para su defensa. Imagínate que esas personas llegaran a la conclusión de que algunas de las leyes, que todos respetan y que están ahí para el bien común, van en contra de sus intereses y les dificultan obtener más beneficios, y decidieran que no van a cumplirlas. ¿Qué pasaría?

―Tendrían que obligarles a cumplir las leyes a la fuerza.

―Correcto, pero ¿qué ocurriría si resultara que la persona que debía velar por que se cumplieran las leyes estuviera de parte de este grupo de poderosos? ¿Quién haría que se cumpliera la ley entonces?

―El ejército ―respondió el muchacho sin mucha convicción.

―El ejército está formado por oficiales y soldados que deben lealtad a la persona que ocupa el trono.

―Pero si lo ocupa ilegítimamente…

―Entonces deberían rebelarse, pero ¿quién se atreverá a denunciar esa situación? ―Erik no respondió―. Además, como te he dicho antes, esos poderosos tienen sus propios ejércitos, no tan fuertes ni bien preparados como el ejército del rey, pero sí lo suficientemente eficaces como para sofocar pequeñas rebeliones.

―Pero quizás haya algunos oficiales que no estén dispuestos a que Sir William se quede con el trono ―dijo Erik―. Si se unen entre ellos, una gran parte del ejército les seguirá y podrán plantar cara a los que pretender usurpar la corona.

―Tienes toda la razón ―admitió su padre―, así que esa es la primera parte de mi plan: averiguar qué oficiales están dispuestos a rebelarse contra el Duque de Nordland cuando llegue el momento, y hablar con ellos para fijar nuestra estrategia.

―¿Y cómo piensas hacerlo? ―se interesó el muchacho.

―Con mucha discreción ―concluyó Árkhelan.

Después de desayunar, Erik buscó la ocasión de quedarse a solas con Nela. La muchacha había sido lo suficientemente prudente como para no hacer ningún comentario delante de los pequeños sobre lo acontecido en la madrugada. Sin embargo, por las miradas que le dirigió en distintos momentos, Erik no tuvo ninguna duda de que le sería exigida una explicación cuando las circunstancias lo permitieran. Bera no recordaba nada en absoluto de su caída, y mucho menos de la breve conversación que habían mantenido sus hermanos.

―Bueno, qué, ¿me vas explicar lo que pasó anoche? ―le espetó la muchacha, una vez que los pequeños salieron de la casa acompañando a su padre.

―¿Anoche?

―¡Erik!

―Vale, vale. No te pongas así ―replicó el muchacho sonriendo―. La verdad es que se trata de un asunto muy grave ―continuó, adoptando un tono más serio.

―¿Ha pasado algo? ―preguntó Nela, preocupada por las palabras de su hermano.

―Sí ―reconoció el muchacho pesaroso.

Delicadamente pero con claridad, Erik fue relatando a su hermana todo lo que les habían contado Galvián y Konrad. La muchacha escuchaba en silencio, intentando asimilar las tristes noticias. Sus ojos se humedecieron y, aunque se esforzó por evitarlo, las lágrimas terminaron surcando sus mejillas. Haciendo un gran esfuerzo, Erik continuó el relato sin ocultar cómo la muerte del rey iba a influir en sus vidas, y la misión que su padre había aceptado. Al llegar a este punto, la serena tristeza de Nela comenzó a convertirse en una evidente preocupación.

―Si le descubren…

―Le detendrán y, casi con seguridad, le condenarán a muerte por traición ―concluyó Erik.

Nela lo miró aterrorizada.

―Pero no tienen por qué descubrirle ―intentó tranquilizarla el muchacho―. Papá ha pasado casi la mitad de su vida en el ejército y, aunque evite hablar de ello, ha tenido que llevar a cabo tareas muy arriesgadas. Tiene experiencia y es muy prudente. Nela, no se expondrá así como así.

―Ya lo sé ―dijo la chica un poco más calmada―, pero de todos modos sigue siendo muy peligroso. ¿¡Por qué no puede encargarse otro!? Él ya ha hecho bastante por este país.

―Intenté convencerle para que me dejara hacerlo a mí pero…

―¡Erik! ―le interrumpió Nela sobresaltada.

―Es la verdad. De acuerdo, es muy arriesgado, pero es necesario. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras un tirano se hace con el poder injustamente.

―Pero ¿por qué nosotros? Esos problemas no nos incumben. La capital está muy lejos. La vida de nuestro pueblo seguirá igual sea quien sea el rey. No me entiendas mal, Erik ―repuso la muchacha ante la expresiva mirada de su hermano―. Siento la muerte del rey, y mucho más que  haya sido asesinado. Siento que la reina y sus hijos tengan que irse del país, pero no entiendo por qué tiene que ser papá el que arriesgue su vida.

―Papá fue general de la guardia del rey…

―¡Tú lo has dicho: «fue»! Se retiró hace nueve años, los mismos que acaba de cumplir Robert. Dejó el ejército para poder estar con nosotros y, ahora, ¿va a arriesgar su vida y dejar a su familia sola por una misión suicida?

―No es una misión suicida. No va a estar él solo, seguro que  Galvián y Konrad han hablado con otras personas. Nela ―continuó Erik, acercándose a su hermana―, papá ya ha tomado la decisión, te aseguro que no le ha resultado sencillo. ¡Tendrías que haber visto su cara esta mañana! Pero él piensa que es lo correcto y, si tiene que arriesgar su vida, lo hará. No es el momento de rebelarse, no se lo pongas más difícil. Necesita nuestro apoyo, necesita que lo comprendamos y lo aceptemos. Tiene una misión complicada y peligrosa, facilitémosle que pueda concentrarse en ella sin tener que estar excesivamente pendiente de nosotros.

Nela bajó la mirada, pensativa. Transcurrieron algunos segundos en silencio. Erik la observaba intentando adivinar sus pensamientos. Sabía lo duro que era para ella aceptar la situación. A él tampoco le resultaba fácil pero, de algún modo, entender los motivos que impulsaban a su padre a obrar así le ayudaba a mantener la serenidad. La muchacha levantó la vista, sus ojos azules estaban arrasados en lágrimas, pero su expresión era tranquila.

―¿Y qué haremos si le descubren y le capturan?

Desprevenido, Erik tardó unos instantes en reaccionar. Buscó palabras con las que reconfortar a su hermana ante esa posibilidad, pero no las encontró. Suspiró profundamente y respondió con sinceridad:

―Reza para que eso no ocurra.


CAPÍTULO II DE “EL AMANECER DEL GUERRERO”

CAPÍTULO II

-Erik, ¿te has vuelto loco? –dijo Árkhelan en un tono sereno pero firme-. ¿Cómo vas a criar unos lobos en la granja? Los lobos son animales salvajes, antes de que te des cuenta atacarán a nuestro ganado o al de nuestros vecinos, o mucho peor, a cualquier persona. Que una manada de lobos ataque a un rebaño de ovejas ya es malo, pero que seamos nosotros quienes criemos a nuestros enemigos es una locura.

-Papá, por favor, déjame cuidar de ellos. Los amaestraré, los educaré y les enseñaré a respetar a las personas y a los animales.

-No son perros aunque lo parezcan, Erik, son lobos; pertenecen al bosque, tienen instinto asesino y eso no se lo puedes cambiar por mucho que quieras.

-Son sólo unos cachorros separados de la manada. Estoy seguro de que pueden aprender a convivir con otros animales y a obedecer a su amo. Por favor… Confía en mí, déjame intentarlo –casi suplicó Erik.

Árkhelan miró a su hijo fijamente, no era un chico obstinado ni cabezota. Tenía personalidad y un carácter fuerte pero sabía obedecer y rectificar cuando era preciso. No se dejaba llevar por los caprichos, era muy cumplidor y responsable en las tareas de la granja…

-¿Y qué pasará si, a pesar de todos tus esfuerzos, no consigues adiestrarlos y ocurre algún incidente? -preguntó por fin.

-Entonces, yo mismo me encargaré de sacrificarlos –respondió Erik con decisión, consciente del compromiso que estaba adquiriendo.

-Muy bien, no sé si te das cuenta de lo difícil que va a ser educarlos y del esfuerzo que te va a suponer procurarles alimento. Sólo podrás usar productos de la granja mientras se limiten a beber leche, después tendrás que cazar para ellos hasta que aprenden a hacerlo solos. ¿Dónde van a vivir?

-Les construiré una casa junto al granero –dijo Erik aliviado al ver que había conseguido su propósito-, y sólo les dedicaré mis ratos libres. No te preocupes, papá, no dejaré de cumplir ninguno de mis encargos por cuidar de ellos.

-Lo sé –fue la breve respuesta de su padre mientras salía de la habitación.

 

-¿Y cómo vas a adiestrarlos? –preguntó Gunnar al día siguiente mientras paseaban por el pueblo. El muchacho se apartó un mechón de pelo castaño que caía sobre sus ojos oscuros y continuó masticando una apetitosa manzana.

-No tengo ni idea, pero no creo que sea difícil –contestó Erik-. Sólo son unos cachorrillos, lo único que hay que hacer es alimentarlos y conseguir que se vayan familiarizando con las personas, y con los animales de la granja.

-Hasta que una buena mañana te levantes y descubras que tienes tres gallinas menos porque los lobos decidieron darse un buen desayuno –comentó Kodran.

Erik miró a su amigo sin saber qué responderle. Kodran tenía el don de encontrar el punto débil a los razonamientos. Con su pelo oscuro, nariz afilada y ojos rasgados, era la personificación de la ironía y el sarcasmo, aunque su buen corazón habitualmente le impedía cruzar ciertos límites o le llevaba a rectificar en caso contrario.

-Mira, yo no tengo ni idea de cómo se educa a unos lobos –continuó diciendo el muchacho-, pero me parece que tendrías que informarte bien porque si no tendremos un problema, sobre todo tú, que te has comprometido a educarlos o sacrificarlos.

-No hace falta que me lo recuerdes –dijo Erik pesaroso-, sé muy bien en qué lío me he metido. ¿Y cómo quieres que me informe? ¿Conoces a alguien que pueda ayudarnos?

-Mi padre siempre dice que si hay alguien en la aldea que sepa de animales, ése es Markus –intervino Gunnar-. Durante muchos años fue el cetrero real. El rey y todos los nobles le encargaban que adiestrara a sus halcones para las cacerías. Vive solo, no muy lejos de aquí, al norte del pueblo. ¿Por qué no vamos a preguntarle si nos puede ayudar?

-¿¡Markus, el cetrero!? –dijo Kodran con sorpresa-. Por lo que he oído se lleva mejor con los animales que con las personas. Tiene muy mal genio, lo más seguro es que nos mande a paseo sin darnos tiempo a explicarle lo que queremos. ¿Qué opinas, Erik?

-Yo también he oído hablar de él y de su humor de perros pero, si es cierto que es el que más sabe de animales, me parece que no perdemos nada por intentarlo. ¿Queréis que vayamos ahora?

-Bueno, ¿por qué no? –Fue la breve respuesta de Kodran, aunque la expresión de su rostro manifestaba que no le acababa de gustar la idea.

 

Los tres amigos se dirigieron a la granja de Markus. Estaba situada junto al río y rodeada de árboles por todas partes. Junto a la cabaña había un enorme granero de madera con pequeñas ventanas a gran altura. Se acercaron temerosos. Erik y Gunnar empezaban a preguntarse si realmente había sido una buena idea venir a consultarle.

-A lo mejor no está en casa –dijo Gunnar con la voz entrecortada-, podemos volver otro día, ¿no?

–Quizá tengas razón –dijo Erik.

Ya se estaban dando la vuelta cuando escucharon un ruido metálico que salía de dentro del granero. Erik respiró hondo y dijo:

-Me hace tan poca gracia como a vosotros ir a hablar con ese hombre misterioso pero, si realmente puede sernos de ayuda, tendremos que decidirnos a hablar con él. Yo iré primero, seguidme.

No dio tiempo a que le respondieran. Con paso decidido, Erik se encaminó hacia el origen del tintineo que seguía escuchándose cada vez con más claridad. La puerta del granero estaba entreabierta. Sin atreverse a entrar, Erik la golpeó con fuerza para llamar la atención de quien estuviera dentro pero no lo consiguió, así que volviendo a llamar dijo:

-¿¡Hola!? ¿¡Hay alguien!? Estamos buscando al señor Markus, por favor.

En ese mismo instante cesó el ruido metálico. Unos pasos ágiles se encaminaron hacia ellos. Erik se echó hacia atrás instintivamente situándose entre Gunnar y Kodran. Enseguida se abrió la puerta empujada por un hombre de unos cincuenta años alto y fuerte. Su melena larga y totalmente blanca caía más allá de sus hombros. Llevaba el torso desnudo y sujetaba un gran martillo con su mano derecha. Su inexpresivo rostro, cubierto en parte por una barba bien recortada, era de piel curtida y estaba manchado de carbón. Sólo sus ojos de un color azul intenso transmitían algún sentimiento. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano izquierda y habló en un tono educado pero nada acogedor:

-Yo soy Markus, ¿me buscabais?

-Sí –dijo Erik retomando el aliento-, veníamos a pedirle un favor si no es mucha molestia… Pero si está ocupado podemos venir otro día –concluyó aceleradamente al ver la mirada fría que le estaba dirigiendo el cetrero.

Los tres chicos empezaron a retroceder lentamente, mascullando una excusa apenas audible, cuando Markus les detuvo:

-Espera, ¿no eres el chico de Árkhelan?

-Sí, señor, me llamo Erik –dijo con un tono algo más firme.

-Sí, claro que sí, te pareces bastante a él, supongo que te lo habrán dicho muchas veces.

-La verdad es que no, casi todos dicen que me parezco más a mi madre. Ella…

-Murió hace cuatro años al dar a luz a tu hermana pequeña –continuó Markus en un tono sorprendentemente comprensivo-. Lo sé. Lo siento. Era una gran mujer, digna esposa de un gran general como tu padre. Sí, conocí a tu madre –respondió Markus a la pregunta que se adivinaba en los ojos de Erik-. La conocí, mucho antes de que tú nacieras, cuando era sólo una joven campesina y tu padre un joven oficial del ejército. Tu padre y yo servimos juntos durante varios años. Pero todo esto no viene al caso, queríais pedirme un favor. ¿De qué se trata?

-Dicen que usted es la persona que más sabe de animales del valle –dijo Kodran al ver que Erik aún no se había repuesto de la sorpresa.

-Es cierto, y no sólo del valle, posiblemente de todo el país –repuso Markus sin inmutarse.

-Queríamos hacerle algunas preguntas sobre lobos –intervino Gunnar, que hasta entonces no se había atrevido a abrir la boca.

-¿Lobos? ¿Qué queréis saber sobre los lobos? ¡Ah, entiendo! Venís por lo del lobo que cazó ese animal carroñero de Olaf, ¿no?

Erik no pudo evitar sonreír al comprobar que Markus tampoco sentía un gran aprecio por el trampero.

-No exactamente –dijo el chico mucho más tranquilo-, aunque sí que está relacionado con ese lobo.

Sintiéndose cada vez más seguro, Erik relató con detalle todo lo acontecido con los zorros, la madre loba y sus cachorros, y el compromiso que había adquirido con su padre de educar a los lobeznos o sacrificarlos si llegaban a ser una amenaza. Markus escuchó con interés sin interrumpir la narración. Cuando Erik terminó, respiró hondo y mirándole atentamente le dijo:

-Estaba en lo cierto, te pareces mucho a tu padre, y no sólo en lo físico, aunque es cierto lo que decía tu madre: “ojos verdes como el mar y el cabello…”

-“Como el trigo” –concluyó Erik, asombrado de que Markus hubiera evocado esas palabras, tantas veces escuchadas en su infancia.

-Correcto. Y como el general Árkhelan, siempre defendiendo al débil y desamparado –continuó el cetrero-, aún sin tener muy clara cuáles van a ser las consecuencias. Así que ahora tienes dos cachorrillos y no sabes qué hacer con ellos para que no se conviertan en un peligro cuando crezcan –Markus clavó su mirada en los ojos de Erik-. Pero dime, ¿para qué quieres tú un par de lobos? ¿Para fanfarronear por ahí? ¿Para pasear por el pueblo montado a caballo, con tus lobos detrás enseñando los dientes al que te miré mal?

La pregunta pilló por sorpresa a Erik. Miró a sus amigos y vio que ellos también estaban confusos. Lo cierto era que no se habían planteado la finalidad de todo lo que estaban haciendo. Tras reflexionar unos segundos, Erik se dirigió a Markus y, al hacerlo, su voz sonó decidida:

-No quiero criar a los lobos para que sean mi juguete, ni para impresionar a los demás. Son dos pobres criaturas indefensas que no sobrevivirían solas. Vi como unas alimañas atacaron a su madre. Mientras la loba se estaba muriendo, yo estaba a su lado y, aunque parezca una locura, cuando me miró por última vez, sentí como si me estuviera pidiendo que cuidase de sus cachorros por ella. Sé que los lobos son animales libres que pertenecen al bosque, no pretendo domesticarlos para que se comporten como unos perrillos falderos, pero tampoco puedo alimentarlos sin más, sin pensar en lo que ocurrirá después. Así que lo que haré, espero que con su ayuda –añadió el muchacho-, será criarlos hasta que puedan valerse por sí solos y después llevarlos lejos de aquí para que lleven su propia vida. Pero mientras estén bajo mi cuidado necesito que respeten a los demás animales y no quiero tenerlos todo el día encerrados ni atados.

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, algo parecido a una sonrisa asomó a los labios de Markus.

–Bien, chico, bien -dijo en tono pausado-. Si es como dices, puedes contar con mi ayuda aunque no te garantizo nada. Una cosa es amaestrar un halcón, pero un lobo… Veremos qué pasa.

 

-Pues tampoco es para tanto, ¿no? –dijo Gunnar mientras volvían a sus casas-. Creía que iba a ser peor y, bueno, no es que sea un pozo de simpatía pero…

-Sí –intervino Kodran-, yo me esperaba un ogro con colmillos afilados y garras de león, que viviera en una casa tenebrosa, rodeada con estacas en las que estuvieran clavadas las cabezas de sus víctimas… Y sólo es un hombre normal y corriente, aunque es cierto que impone bastante. ¿Qué opinas Erik?

-Sí, parece un buen hombre aunque un poco desconfiado. No sé, la verdad es que lo último que me esperaba es que conociera a mis padres y, al parecer, bastante bien. En el fondo tiene sentido, él también era de la guardia personal del rey. Lo que no entiendo es por qué mi padre nunca me ha hablado de él.